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miércoles, 13 de julio de 2011

Integración y desintegración. o "quiero a los musulmanes, pero mejor lejos".


Frente a la emigración sudamericana, que españoliza España, trayendo valores que aquí estamos perdiendo, y que, eliminando los lógicos problemas de asentamiento, se integra rápidamente, hay otra emigración, que debido a la debilidad moral del pueblo español, puede ser peligrosa.
Alguien se puso a buscar en la caverna y me encontró. Me llamaron de Antena 3 TV, del programa de Mercedes Milá, por si quería participar en un debate sobre integración de los inmigrantes. Yo dije que sí. Pero luego me dijeron que no porque "ya había mucha gente". En fin, cosas del directo. Lo que sigue son mis argumentos al respecto.

Para empezar, cuando se habla del problema de la INTEGRACIÓN de los INMIGRANTES hay que constatar un hecho: que no todos los inmigrantes tienen los mismos problemas de integración.

Los inmigrantes procedentes de la América hispana, por ejemplo, tienen sus problemas, naturalmente. Y necesitan que se les trate con justicia y respeto. ¡Faltaría más! Sin embargo la amabilidad innata que les caracteriza, el dominio de un idioma que nos devuelven refinado, y sobretodo esa fe que aún no han retorcido del todo las elucubraciones ideológicas europeas, hacen que, como comunidad, no se pueda hablar de problemas de integración graves de los hispanos. Es lógico que vengan a España. Es saludable que vengan. Vienen por un puente que llevamos quinientos años construyendo, a pesar de todo. Y vienen, entre otras cosas, para ayudarnos a atender a los turistas. Tenemos que quererlos.

Pero con los inmigrantes procedentes del Islam es distinto. Llevamos separados de ellos mil trescientos años por una belicosa frontera. ¿Cómo va a ser extraño que den los musulmanes problemas de integración? Al fin y al cabo el problema de la integración es cultural. Es decir: religioso. Religioso con implicaciones políticas.

Los musulmanes, cuya cosmovisión religiosa exige el desarrollo paralelo y simultáneo de unas estructuras políticas concretas, llegan a Europa y se encuentran con países post-cristianos en los que, en teoría, vale todo. Aquí ya no se enfrenta la vieja Cristiandad contra el bárbaro Islam como en los tiempos de la Reconquista. La Cristiandad auténtica vive agazapada. Hace tiempo que fue derrotada por el liberalismo relativista que se sienta en el trono de los antiguos reyes cristianos.

Los enfrentamientos y las incomprensiones de que somos testigos se están produciendo entre un estado laico y aconfesional postcristiano que se creía que lo tenía todo controlado, y un grupo religioso, una comunidad de fe y vida, a la que no se quiere reconocer su personalidad como tal grupo creyente y dogmático.

Es una ingenuidad supina pensar que los musulmanes que vienen se van a contentar con la mera tolerancia mediocre de los liberales. No están viniendo para mezclarse con nosotros. Vienen para vivir. Para vivir con todas las consecuencias. También con consecuencias políticas. En cierto modo tengo que decir que hacen bien. Todo el mundo tiene derecho a que se le deje vivir en paz y a su aire -dentro de un orden- y sería inhumano permitirles venir a condición de mutilar su credo o renunciar a sus creencias.

Me hace gracia ese escándalo y esos aspavientos que lanzan los liberales relativistas cuando chocan con el dogmatismo monoteísta del Islam. Al fin habían conseguido arrinconarnos a los católicos que queremos una confesión religiosa pública, y resulta que se encuentran ahora con un monoteísmo confesional todavía "peor", más intransigente si cabe, que nuestro civilizado dogmatismo católico.

Lo que pasa es que los relativistas no comprenden a los musulmanes. Es más: los desprecian casi tanto como al Papa. En cambio los católicos no-liberales si que podemos comprenderles. Pero voy todavía más lejos: yo amo a los musulmanes. Les quiero, ¡si!. Me gusta que recen. Me encanta saber que ofrecen a Dios su ayuno y su limosna. Y los quiero tanto, tanto, tanto, que espero que, un día, se hagan cristianos como yo, cuando crean por fin que Jesús es el Salvador.

Pero claro, mientras tanto hay que convivir. Y para convivir como Dios manda lo que hay que hacer es reconocer la personalidad de cada comunidad religiosa islámica allá donde quiera que esté. Y por la misma razón tendremos que reconocer antes -¿no es así?- la personalidad católica de España y los españoles, allá donde quiera que estén. Se trata de nuestra propia personalidad, de nuestra identidad. Si no la defendemos estaremos perdidos.

¿Cómo podrá una dirección política relativista y anti-confesional defender nuestra identidad como pueblo? Me temo que la confesión relativista es muy débil. Siempre acaba cediendo al más fuerte. Hace cincuenta años cedió en toda Europa ante el más fascista, hoy cede ante el más rico. Y así todo sucede, en fin, sólo porque la política relativista que sufrimos se empeña en ignorar la realidad del hecho religioso.

Los musulmanes no se van a escandalizar porque a los cristianos nos de por defender nuestra religión católica. ¿Cómo se iban a escandalizar si ellos mismos no tienen la más mínima tolerancia en sus países?. Lo que realmente no entienden los islamitas, lo que les hace mirar a nuestra "Al-Andalus" como tierra re-reconquistable es que los cristianos hayamos renunciado a vivir "en cristiano" con todas las consecuencias.

En conclusión. Si yo tuviera bigote y fuese el presidente de un partido con mayoría absoluta en España, con el fin de evitar problemas futuros bastante más gordos que la cuestión del "chador", haría -entre otras cosas- lo siguiente:

1º. Concedería estatutos especiales -muy concretos y limitados- a las comunidades de musulmanes que -por desgracia- ya están entre nosotros, reconociéndoles su identidad y el derecho que tienen a usar vestidos, lengua, educación, cultos, etc. según su costumbre. Pero no me empeñaría en integrar lo imposible.

2º. Primaría la inmigración de cristianos frente a la de musulmanes. Porque la inmigración musulmana es una verdadera invasión. Porque la historia está para algo y sería del género idiota volver a abrir una página que bien o mal se cerró en 1621.

3º. Procuraría llevarme bien con nuestros vecinos musulmanes de Africa.



PUBLICADO EN ARBIL NUMERO 54.

Historia del machismo .

El nacimiento del machismo como tal sucedió en aquellos tiempos en los que unos "progres" neopaganos reinventaron la palabra "ciudadano" olvidando que la base de una comunidad feliz no puede ser el individuo, sino la familia.
El machismo, esa ideología que defiende una supuesta superior dignidad del varón a costa de despreciar los valores y actitudes femeninas, está más vivo que nunca. Lo propagan con insistencia los hombres partidarios del divorcio y la pornografía, pero más aún, con una especie de desesperación suicida, las mujeres que sucumben a la general masculinización.

Insistir en la idea de una perfecta igualdad masculina y femenina con el argumento de que muchas mujeres pueden hacer las mismas cosas mejor hechas que muchos hombres nunca borrará la evidencia de lo que supone ser hombre o ser mujer; la realidad indiscutible de que ser madre es algo más que dar a luz un día o el pecho tres meses. Yo apelo a los biólogos, a los zoologos y a los antropólogos, para que nos expliquen qué es lo propio de nuestra especie humana, que es lo que suelen hacer los machos y las hembras "homo sapiens" cuando viven en libertad; qué cosas concretas diferencian en nuestra naturaleza lo masculino de lo femenino, la maternidad de la paternidad. Pido por favor que nos saquen de este atolladero en que nos ha metido la vieja doctrina machista.

El machismo viene de muy atrás. Supongo que siempre han existido injusticias y visionarios maniqueos que no han entendido la complementariedad entre hombres y mujeres. Pero el nacimiento del machismo como tal sucedió en aquellos tiempos en los que unos progres neopaganos reinventaron la palabra "ciudadano" olvidando que la base de una comunidad feliz no puede ser el individuo, sino la familia. Se levantó entonces -sin distinguir a los culpables de las víctimas- un monumento al ciudadano solitario, al gran hombre, al soltero, al pirata, al bandolero, al divorciado, a esa especie de vagabundo sin familia que vive en un mundo marcado por cosas tan poco femeninas como la ley y la política.

Se comenzó así por menospreciar y ridiculizar ese pequeño reino independiente que debiera ser cada familia. Y empezaron los hombres a salir de casa con otros aires, y a dedicarse a "sus asuntos" con la mentalidad moderna del "hombre ocupado" que no cuenta nada a su mujer. La familia se fue identificando exclusivamente con el tiempo libre; con el descanso del guerrero y punto. El padre de familia se convirtió en el típico dominguero. Y la mujer siguió haciendo con amor lo que sabía, pero ya había empezado a perder a su hombre y a transformarse en mujer florero. El machismo condenó a las mujeres a optar entre dos alternativas igualmente frustrantes: o vivir en la catacumba familiar con la etiqueta despectiva de "maruja", o vivir como hombres en un mundo de hombres. Es justo decir que fue esta vez Adán quien presentó a Eva la manzana maldita. Y Eva está mordiéndola. Y por eso un machismo cada vez más descarado descubre su intención hipócrita de aniquilar la idea de familia mientras alega la pretensión de liberar también a las mujeres. Para lograr su objetivo el progreso machista exige que donde había un matrimonio indisoluble no quede mas que una pareja divorciable.

El divorcio, esa ley machista que permite faltar a un juramento sagrado, se ha presentado como el instrumento imprescindible de la igualdad unisex, pero la realidad es que obliga a cada cónyuge que desea ser madre o padre de familia a procurarse una independencia económica "por si acaso..."; como si confiar para toda la vida en la ayuda y la compañía de una buena mujer, o de un hombre de bien, fuera un riesgo estúpido. Por eso el machismo nos está condenando a todos a la desconfianza y a la soledad. Eva ya no se ríe con los chistes que cuenta Adán. Y Adán está triste porque la mujer que se le dió por compañera ya no quiere ser carne de su carne.

Y así estamos como estamos: viviendo de rentas en el mejor de los casos; dilapidando la herencia de un sentido que fue común; abusando de las últimas abuelas para que hagan de niñeras; aplaudiendo al macho de mayor cornamenta cuando sale por la tele; envidiando en ciertas revistas casos patéticos de poligamia sucesiva; soñando secretamente -en fin- con un matrimonio para toda la vida que nos parece anticuado o que nos da vergüenza defender. Así estamos: machistas perdidos. Si seguimos viviendo será gracias a felices inconsecuencias. Porque por encima de ideólogos, leyes y políticos machistas, la vida, y la naturaleza, y el amor siempre encontrarán un camino para hacer las cosas como Dios manda.



PUBLICADO EN ARBIL NUMERO 58

Historia de la confesionalidad

por F. Javier Garisoain
El verdadero truco del liberalismo relativista actual es mucho más refinado. No niega que cada uno pueda confesar al Dios en quien crea. Lo que niega es la confesión colectiva


Es una historia bastante simple. Podría resumirse diciendo que en todas partes, en cualquier época, todas las comunidades humanas han preferido someterse a una divinidad trascendente antes que al matón de turno.

Entre otras cosas porque la divinidad trascendente es a menudo lo único que puede controlar, limitar y someter al chulo del barrio. Pero incluso cuando no hay matones sino reyes benéficos y buenos como los de los cuentos también entonces los hombres libres preferimos que el jefe esté lejos y muy ocupado. -Los inspectores y la grua, lejos, por favor-. Y nos gusta saber que el mandamás tendrá un día que comparecer ante un juicio supremo para recibir su premio o su castigo.

Todo esto tiene que ver con la idea de libertad; por eso los pueblos que mejor han mantenido el concepto de libertad son los que más han invocado la protección divina, y viceversa.

Son pueblos que han producido adagios como ese que dice: "Cada uno en su casa, y Dios en la de todos", y otros por el estilo. Por cierto, para que nos entendamos: a esa actitud de invocar colectivamente la protección divina es a lo que llamo confesionalidad.

¿Por qué tendrá tan mala prensa?

Pues bien, las cosas son así porque no podemos ser de otra forma. El hombre es un ser social, y la sociedad no funciona si no hay un "unum" que justifique el derecho a la rebelión contra el tirano. Los tiranos burros han dicho directamente que no existe "unum" y, naturalmente, han sido derribados de inmediato. Los tiranos listos en cambio se esfuerzan por convencer a todos de que ellos son el verdadero "unum" y por eso a veces consiguen grandes éxitos de ventas.

Los mártires que Nerón y compañía no podían soportar eran acusados de ateos porque discutían la confesionalidad imperial. Pero no es que negasen la confesionalidad, negaban la imperial.

Ellos sabían que un emperador loco y gordo que toca la lira no puede ser Dios y por eso iban cantando a los leones. Pero no negaban que la confesionalidad fuera un bien deseable. Fueron mártires, pero antes fueron confesores. Y gracias a su confesion y a su martirio consiguieron el milagro: que todo el imperio confesara públicamente, oficialmente, solemnemente que Dios es el señor y que todos, desde el emperador al mendigo, le deben obediencia.

El truco de los poderosos malvados era siempre el mismo: ponerse en lugar de Dios, hacer coincidir la divinidad con el poder político supremo. Un truco tan viejo y desgastado que parece mentira que nos sigan todavía engañando con él. Lo usaron los faraones egipcios y los emperadores romanos haciéndose pasar por divinos, y lo emplean ahora -en parte- las multinacionales inhumanas y los gobiernos cuando nos marcan el calendario, nos proponen mandamientos, envían sus misioneros, hacen colectas, imparten catequesis, (y hasta se rumorea que planean bautizar a nuestros hijos con preciosos nombres como: Pepsi García, Adidas González, Kodak Smith...). Pero el verdadero truco del liberalismo relativista actual es mucho más refinado. No niega que cada uno pueda confesar al Dios en quien crea. Lo que niega es la confesión colectiva.

Su religión pública consiste en no confesar ninguna religión pública. De esa manera es como se consigue un poder político y económico indiscutible, intocable, contra el que parece inmoral cualquier rebelión. Esta es la táctica del relativismo dominante; dicen que respetan la libertad religiosa, pero se olvidan que uno de los "derechos" fundamentales de los hombres religiosos es unirse a otros hombres religiosos para alabar públicamente a Dios. La aconfesionalidad es la más fanática de las confesionalidades porque hacen a todas las religiones el peor de los desprecios: no les hacen aprecio.

Una caracteristica de cualquier confesionalidad es que no admite mezclas. No es posible construir una comunidad humana sobre dos o más confesiones distintas. Logicamente, porque confesar al Dios verdadero es lo mismo que decir que los demás dioses son falsos. (Y no confesar a ninguno quiere decir que ninguno es digno de alabanza pública).

Eso no quiere decir que en determinadas situaciones la prudencia no pueda aconsejar la colaboración en pro del bien común de personas de confesiones distintas, por supuesto; todo sea con tal de no discutir.

Lo que pasa es que a una comunidad humana no le basta con no discutir.

Si esos hombres no son capaces de hacer cosas juntos vivirán en una comunidad estéril, decadente y acabarán disolviéndose como grupo.

Por eso opino que la multiconfesionalidad o pluriconfesionalidad entendida como el sistema que verdaderamente respeta la libertad religiosa, sólo puede surgir bajo la supremacía de una de ellas. Como cuando el rey del Toledo "de las tres religiones"era cristiano. O como cuando el Papa convoca a los pueblos del mundo a rezar juntos en Asis... bajo su presidencia y en su casa.

Así que puesto que es inevitable la supremacía de una confesión ¿por qué no hemos los católicos de proponer la nuestra?

En España todo o casi todo es confesionalmente católico, no es precisa ninguna revolución para conseguirlo, hay miles y miles de huellas frescas que atestiguan una confesionalidad de hecho: los nombres de la gente, el del político ateo que se llama Teófilo, o el de la abortista que se llama Concepción; los edificios y construcciones rematados con una cruz; los capellanes de las cárceles y los hospitales; los sagrados corazones de las fachadas; las ermitas de los montes; las capillas, iglesias y catedrales que atraen al turismo japonés; casi toda la toponimia pintoresca; los patronazgos en todas partes y para cualquier cosa, cada uno con su fiesta y su procesión correspondiente; el calendario entero con su santoral; los domingos del Señor; las canciones infantiles y el folklore en general; los archivos repletos de papeles cristianos, desde las glosas emilianenses hasta el último papelito; las hermandades profesionales; las cooperativas; las obras de caridad; las fundaciones educativas; los trajes regionales tan recatados; los museos, y un larguísimo etcétera.

Convenzámonos de una vez y convenzamos a los demás: la confesionalidad aconfesional actual es un mal que encubre una tiranía; la confesionalidad católica es un bien y además nos haría más libres.

No se puede imponer, ha de caer por su propio peso, de acuerdo, pero es un bien.

Si no recuperamos la confesionalidad católica seguiremos metidos de lleno en la trampa con la que los poderes multimedia harán lo que quieran con nosotros.

Si no volvemos a lo que nunca debimos olvidar seguiremos profesando esta especie de confesionalidad aconfesional que en nombre de su propio "unum" nos mandará a los leones el día menos pensado.

PUBLICADO EN ARBIL NUMERO 62

Por una estética católica

por F. Javier Garisoain Otero

¿Dónde está hoy la estética católica? ¿Por qué no hay actualmente artistas católicos en esa categoría misteriosa de los llamados "grandes artistas", los "genios", los "famosos"? ¿Dónde están los músicos, los cineastas, los literatos, los arquitectos, los escultores y los pintores católicos? No podemos negarlo: la estética católica existe de forma minoritaria, incluso en sociedades con amplia mayoría de bautizados. Incluso en nuestra vieja y católica España.

Un modelo cristiano de sociedad
¿Existe un modelo cristiano de sociedad? ¿un proyecto de evangelización orientado -más allá del individuo- a la sociedad?
No es ningún secreto que hay hermanos nuestros en la fe, creyentes en la misma fe católica, que no comparten el entusiasmo que nosotros sentimos al unir las palabras Cristo y Sociedad. Ellos quisieran, aunque cada vez con menos energía y en menor número, separar la fe individual de toda manifestación socio-cultural como si ya no fuera posible vivir "en católico", trabajar "en católico" o divertirse "en católico". Como si el campo inmenso de la sociedad, la cultura y la política hubiera quedado vetado, prohibido, manchado para los hijos de la Iglesia. Como si no hubiera otro lugar ya para nosotros sino los templos, algún que otro congreso, y las catacumbas de internet.
Sin embargo la Doctrina Social no ha sido abolida. Más aún, los pastores buenos que Dios manda a su pueblo no han dejado de repetir en los últimos tiempos ese mensaje de verdadero "cruzado" que lanzaba Juan Pablo II al inicio de su ponfiticado. Aquel "abrid las puertas a Cristo" que decía el papa joven de los años 80 ha resonado en miles de conciencias, cada vez más fuerte, rebotando en las paredes de los templos vacíos, ha removido esquemas paganos, ha zumbado en oídos aburguesados. Y ha salvado la vieja Doctrina Social de la Iglesia cuando los liberales relativistas disfrazados de místicos por un lado y los revolvedores católico-marxistas por otro amenazaban con declararla en ruina. La Doctrina Social de la Iglesia está más viva que nunca, como un todo coherente, y se sigue preocupando de la construcción temporal precisamente por no olvidar la dimensión eterna. Sigue afirmando la justicia humana, el orden social y el derecho natural no por puro activismo, sino porque concede un valor eterno de las obras que aquí hacemos, lo mismo sean obras cotidianas y efímeras que obras de arte. Y aquí es donde queríamos ir a parar: pues algunas de esas puertas que es preciso abrir, con urgencia, a Cristo que llama son las de la estética, de la literatura, de la música, y del arte.

Religión, cultura y estética
Lo único que pretendo ahora es aportar algunas ideas sobre estética, esa parte de la cultura que tiene que ver con el sentido de la belleza y de la armonía. Pero antes no estará de más definir cómo se relacionan la cultura y la estética con la religión. Pare empezar diremos que se trata de tres niveles distintos: la estética es parte de la cultura, y la cultura es inferior a la religión. Por tanto, cuando hablemos de estética católica en ningún caso se predende constreñir el catolicismo a una estética concreta.
Una cultura es, por definición, un conjunto de contornos indefinidos que todo lo impregna. Pero por mucho que abarque una cultura, por muy viva, muy extensa y muy potente que se muestre nunca será comparable a la cosmovisión que genera la religión. Lo religioso es más -más amplio, más profundo, más grande, más importante- que lo cultural. Una cultura necesita siempre que exista una religión común a sus miembros, necesita un "unum", una cosmovisión que sólo puede aportarla un sentido trascendente, una teología. En cambio una religión, -especialmente si se trata de la religión verdadera-, puede encarnarse en formas culturales muy variadas sin perder por ello lo que le es propio. Se me objetará que historicamente el cristianismo ha impregnado culturas concretas hasta llegar a compartir formas idénticas con otras religiones. Admito que en una primera fase de contacto las cosas han podido suceder así. Sin embargo lo que veo en la evolución artística de los pueblos cristianizados es que cualquier cultura pre-cristiana cuando ha sido fecundada por la fe ha cobrado una nueva vida y se ha separado cada vez más del tronco común. La evolución del arte experimentada por la América hispana, o por las culturas Filipinas, por ejemplo, así lo demuestra. Como es seguro que lo demostrarán los artistas que algún día nacerán en la Iglesia de China o de la India cuando aquellos cristianos tengan la suficiente libertad de expresión.
Consideramos el mundo estético, por consiguiente, subordinado a lo religioso. Porque si no fuera así estaríamos haciendo del arte una religión y entonces -otra vez- quedaría lo religioso por encima de todo. Es lo que les sucede a tantos artistas ateos de nuestro tiempo: a fuerza de negar lo religioso acaban atribuyéndose poderes mágicos a sí mismos y a sus creaciones. No es que dejen de creer en los milagros, lo que pasa es que son ellos quienes los hacen -o al menos eso piensan- en cada galería y cada exposición. Ya no construyen imaginería devota; su religión incluye entre sus ritos el modelado de pequeños becerros de oro para intercambiar por dinero en la feria "Arco".

Un modelo anti-cristiano de sociedad
Existe, pues, un modelo socio-cultural cristiano. Mejor dicho, modelos (en plural), socio-culturales cristianos. Por tanto, si aceptamos este principio, habremos de convenir que donde no hay cristianismo lo que crecen son modelos no-cristianos de sociedad. Y de entre aquellos modelos no-cristianos hay algunos modelos que son, por desgracia, anti-cristianos.
No es preciso extenderse demasiado en la crítica de la estética dominante. Baste decir que es, efectivamente, anti-cristiana. Seamos positivos. Miremos al futuro. El diagnóstico que se realiza desde el campo eclesial es cada vez más unánime. Cada vez estamos más de acuerdo todos los cristianos en la denuncia de un modelo de progreso que no quiere a Cristo como Señor. La sociedad occidental, locomotora cultural, ética y estética del mundo globalizado tiene un grave problema: que no es netamente cristiana ni quiere serlo. Conserva aquí y allá retazos, gestos, inercias que han impedido un derrumbe mayor, pero el hecho es indiscutible: el modelo relativista progresista que orienta las tareas legislativas, culturales, informativas, educaticas, etc. de las elites occidentales no es un modelo cristiano. Y tampoco lo es en sus principales manifestaciones estéticas o artísticas. Este arte contemporáneo "oficial" se aleja de la verdad y por eso no es capaz de reflejar la belleza. Por una parte produce músicas, edificios y objetos fríos y rectilíneos, ultrarracionalistas. Por otra se regodea en la deformidad y la destrucción explorando los límites del escándalo, de lo inaudito, lo sorprendentemente desagradable, lo estridente y absurdo como único medio de superar la saturación sensitiva que genera la publicidad omnipresente. No es capaz de crear escuelas nuevas. Sólo sabe o imitar o destruir. O trazar rectas o escandalizar. O imponer con una estética burocrática, o manipular con una estética subliminal.

Las estéticas católicas en la historia
Pero hablemos ya de estética católica. O de cómo el catolicismo al encarnarse en momentos históricos concretos lo hace empleando fórmulas estéticas concretas.
Quien busque la verdad trascendente sin creer en los dogmas, en los santos ni en los milagros, que abra los ojos y mire las cosas que han hecho los cristianos. Si de las apariencias estéticas no se deduce directamente la supremacía de la fe católica, sí al menos se puede concluir una verdad un tanto paradójica: que el arte católico es el menos católico; es decir, el menos universal y el más particular. El más extendido, pero el más variado y multiforme.
He procurado contemplar el conjunto de la historia del arte desde lejos, desde el principio. Como si fuera un marciano que hojea el Summa Artis. Y me ha parecido ver que en los dos últimos milenios han sido los latidos de una cristiandad floreciente lo único que de verdad ha regenerado el mundo estético. Hagamos en voz alta algunas reflexiones atrevidas. Todos los movimientos artísticos podrían agruparse en dos grandes tendencias: la que copia, la de los estilos llamados clásicos; y la que crece, la de los estilos que yo llamaría libres. Los estilos netamente católicos como el románico, el gótico y el barroco son estilos libres: estilos realmente originales en el sentido de que son fieles al origen y que son a su vez origen de otros estilos. Nacieron como las ramas del tronco, por puro crecimiento. Por contra el renacimiento, el neoclasicismo, el racionalismo y la mayoría de las vanguardias contemporáneas no son más que reconstrucciones vergonzantes de un pasado petrificado, son copias, son injertos de cosas antiguas, son ramas muertas que nacieron en momentos de crisis de la Cristiandad. Las aportaciones artísticas de los nacionalismos y otras ideologías han generado igualmente estéticas nostálgicas: como en el gótico eterno de los anglicanos, el clasicismo perpetuado de la Francia revolucionaria, el paganismo neo-romano monumental e inhumano de los totalitarismos fascista, nazi o comunista...
¿Y qué podríamos decir de la estética de otras religiones? ¿qué novedades se han observado en el arte egipcio, en el chino, en el indio, en el islámico? Hace muchos siglos que todos estos estilos alcanzaron su perfección clásica. Hace mucho tiempo que murieron.
Sólo las culturas católicas ha sido capaces de generar nuevas estéticas. Sólo ellas ha sido capaces de superarse, de mejorarse, de cambiar, de vivir, de crear. Sólo ellas han integrado en su seno diferentes estéticas. Creaciones solemnes como un órgano barroco o una procesión de Semana Santa en el antiplano andino; reuniones alegres como una romería irlandesa o unos auroros españoles... Todas estas manifestaciones tienen en común su profunda catolicidad, aunque por lo demás no se parezcan en nada.

La crisis de la estética católica
En la sucesión histórica de las estéticas creativas no encuentro objeción posible a la superioridad cultural católica. Pero la batalla de la evangelización en la estética no está en la historia pasada sino en el momento presente. La estética contemporánea dominante es esa ya descrita que combina el hiperracionalismo y el utilitarismo de los edificios oficiales con el absurdo y la náusea de los bultos subvencionados que se exponen en sus fríos pasillos. ¿Dónde está hoy la estética católica? ¿Por qué no hay actualmente artistas católicos en esa categoría misteriosa de los llamados "grandes artistas", los "genios", los "famosos"? ¿Dónde están los músicos, los cineastas, los literatos, los arquitectos, los escultores y los pintores católicos? No podemos negarlo: la estética católica existe de forma minoritaria, incluso en sociedades con amplia mayoría de bautizados. Incluso en nuestra vieja y católica España.
Las razones de esta pérdida de peso específico, de vigor, de presencia son muy complejas y profundas. Hay razones externas e internas. Los hijos de las tinieblas han trabajado con una constancia digna de mejor causa. Los hijos de la luz han trabajado con cobardía, con complejos, con timidez. Los católicos hemos perdido en gran medida la idea de misión, en parte la misma idea de evangelización. Todavía nos queda la pesca artesana hombre a hombre, pero nos falta ese afán por conquistar pueblos y culturas enteras para Cristo que movió a los apóstoles, a los españoles y portugueses del XVI, a los santos Cirilo y Metodio entre los eslavos, a los primeros jesuítas de Asia. Por eso se ven tan poco las formas católicas, por eso se oyen tan pocas canciones católicamente correctas. Hay una presión enorme por parte de los medios anti-católicos. Una presión que se ve facilitada en su avance por la nula resistencia de una masa católica que parece haber perdido su identidad.
Son algunas ideas bastante simples. Quizás un tanto superficiales, escritas a vuelapluma y sin notas a pie de página. Si no está Vd. de acuerdo en las razones expuestas piense entonces en otras: alguna razón habrá que explique tanto vacío.

Por una estetica católica hoy. Conclusiones
Apuntemos finalmente algunas propuestas para la reflexión de los artistas cristianos hoy y de todos los llamados a ser luz entre las gentes, cada uno según sus habilidades y talentos: con las artes plásticas, la música, la imagen o las letras.

1º. Educación
Se impone una reflexión en las personas e instituciones católicas que debieran promover, educar y formar una estética católica. ¿Cuántas personas consagradas, hombres y mujeres de fe están dedicando su vida a enseñar a leer, a dibujar a pensar a los niños que serán los artistas del futuro? ¿Están haciendo lo correcto para promover esa estética católica?


2º. Arte Sacro.
Seguramente es en el campo del arte sacro, de la riqueza litúrgica, de la literatura espiritual, de la arquitectura religiosa donde no han faltado nunca creadores verdaderos, espíritus libres capaces de evangelizar con la forma. ¿Es casualidad que Kiko Argüello sea pintor? A veces da la sensación de que los artistas cristianos sólo pueden ser cristianos produciendo objetos u obras estrictamente religiosas o litúrgicas ¿No serían posibles encuentros como el multifestival David para músicos cristianos pero con canciones no sólo "de Misa"? En gran medida estamos viviendo de rentas. ¿Cuánta fe se mantiene a nuestro alrededor gracias al espíritu del Concilio de Trento que se plasmó en su día en pasos, retablos, imágenes, lienzos multiplicados millones de veces en grabados y estampas? Las rentas hay que mantenerlas y cuidarlas. Un aplauso a la promoción del arte sacro antiguo, a los museos, las exposiciones como Las edades del hombre, etc. siempre que se empleen como instrumento de testimonio cristiano.


3º. Literatura.
Hubo un tiempo en el que la literatura era toda ella católica en Occidente. No está en nuestras manos una vuelta a aquella situación pero si los católicos que leen leyesen a los que escriben en católico... Y si los católicos que producen libros o los venden procuraran mirar lo que difunden... entonces no nos lamentaríamos tanto de que el escritor de moda sea cuando menos, agnóstico.


4º. Folklore
La artesanía, el arte popular, el folklore... ¡cuántas de estas manifestaciones serían ininteligibles sin su fondo cristiano más o menos explicito! Pero si la tradición no continúa con la misma coherencia acabaremos todos relacionando lo cristiano con "lo antiguo", "lo rural", "lo de-pueblo". Todo lo que se haga por dar continuidad y sentido cristiano de fondo servirá para mantener vivo el folklore. Si sólo se pretende una pura conservación muchas viejas formas se perderán.


5º. Música.
La música, la banda sonora de nuestra vida es parte fundamental de la estética que necesitamos renovar ¿No seríamos más felices si hubiera tiempos de silencio respetados por el omnipresente hilo musical? ¿Y si se pudieran oir en los bares y las emisoras juveniles letras más positivas y católicamente correctas? ¿Y si la llamada música culta volviera a ser bella? Hay trabajo más que suficiente para los católicos con buen oido.


6º. Internet
Así como la conquista espiritual del imperio romano surgió de las catacumbas, también de las catacumbas de internet puede salir una gran fuerza evangelizadora. En internet nos unimos cada vez más cristianos para hablar, para orar, para darnos fuerza. En internet, como en las catacumbas, compartimos espacio con lo peor de la sociedad: hay suciedad, hay ratas. Pero también estamos nosotros, los cristianos perseguidos. Y allí está progresando con la fe una estética propia de tal forma que no son las peores las páginas católicas. Así, cuando nos toque salir del subsuelo, ya sea como mártires, o como misioneros, lo haremos según el estilo que hayamos aprendido en internet.


7º. Periodismo y medios audiovisuales
Los llamados medios de comunicación-imposición social tienen una fuerza que nos aturde y nos vuelve muchas veces pesimistas y retraidos. A veces pensamos que esto es peor que predicar en el desierto, donde nadie te oye, porque es como predicar en un manicomio, en el que nadie te escucha. Sin embargo todo este enorme monstruo de los "mass media" con su publicidad, su cine, su televisión, su radio y su prensa... es un gigante con los pies de barro. Es una montaña virtual. Funciona sólo por dinero, luego es vulnerable. Los periodistas católicos, (los cineastas si los hay) pueden y deben "contraatacar". Y por encima de todo no perdamos nunca la fe en la realidad de las personas, de las familias, de la gente "normal", que está donde siempre estuvo aunque no salga en la televisión.


8º. Arquitectura
También la arquitectura y el urbanismo claman a gritos por una estética cristiana que en este ámbito será, tal vez más que en otros, una estética esencialmente humana. El urbanismo moderno ha sustituido la parroquia por el rascacielos bancario, las calles como lugar de encuentro por las calles como lugar de huída. ¿No se notaría "un algo" nuevo allí donde trabajaran mano a mano un arquitecto verdaderamente cristiano con un concejal de urbanismo creyente y practicante a tiempo completo?. Altamente recomendable: el estudio del testimonio de ese gran arquitecto católico que brilla con luz propia precisamente porque entendió lo que era una estética católica: Antonio Gaudí.


9º. Diseño Industrial.
"También entre pucheros anda el Señor", decía Santa Teresa de Jesús. El diseño industrial, cada uno de los mil objetos de uso cotidiano tiene una forma "como Dios manda" de hacerse. Objetos útiles y prácticos que pueden ser bellos. Sólidos y duraderos para aliviar el consumismo y el derroche de los recursos, para evitar la explotación laboral de los productos "todo a cien", para fomentar el ahorro y el sano espíritu de propiedad... pero además cristianos en su estética. ¿Por qué no habría de llevar una cruz en la carcasa del móvil? ¿Qué habría de malo en que los relojes anunciaran la hora del ángelus con una suave "Ave María"?


10º. Conclusión final.
No hemos pretendido agotar todos los aspectos posibles de una estética católica. Aprovechemos la décima conclusión para recordar el tan manido aforismo: "La unión hace la fuerza". Hemos dicho más arriba que los artistas cristianos existen, pero que no se les oye, que no son famosos. Tal vez sea, entre otras cosas, porque no se conocen y por tanto no se animan unos a otros ¿Por qué no promover encuentros, exposiciones, galerías de arte, conciertos, editoriales, grupos literarios, premios y concursos, medios de comunicación, que promuevan una estética católica? Las puertas de la estética también han de abrirse a Cristo. ¿Trabajamos hacia un modelo cristiano de sociedad? Estaría muy bien que, además de ser un modelo cristiano, lo pareciera.



PUBLICADO EN ARBIL NUMERO 64

¡Viva el Papa!


por F. Javier Garisoain
Tenemos la convicción de que ha sido precisamente este amor al Santo Padre lo que ha hecho fructificar a la Iglesia en España. Los sarmientos dan fruto mientras permanecen unidos a la Vid
Cuando los católicos gritamos "Viva el Papa" estamos lanzando al aire una jaculatoria que condensa cien súplicas en tres palabras. Decir "Viva el Papa" es dar gracias por la institución monárquica del papado. Es pedir a Dios que nos la conserve fuerte y vigorosa, en el timón de la barca de Pedro, hasta el final de los tiempos. Es gritar con la alegría de quien sabe que no se va a perder porque siempre va a tener un guía. Pero principalmente, cuando gritamos "Viva el Papa" nos viene a la cabeza la imagen del Sumo Pontífice felizmente reinante. No podemos gritar "Viva el Papa" sin pensar en la persona de Juan Pablo II, antes Karol Wojtila. A los Católicos nos importan más las personas que las instituciones. Juan Pablo II es más importante hoy y ahora que la institución del papado. Por eso gritamos que viva el papa y no que viva el papado. Sabemos que cuando muera Juan Pablo II el Espíritu Santo y el colegio de cardenales elegirán otro papa. También él pasará. Pero nosotros ahora queremos pedir a gritos que siga viviendo éste vicario de Cristo. Ya no nos importan como papas los papas muertos. Nuestro papa es el Papa actual. Ni siquiera la canonización de un papa difunto nos puede hacer cambiar ese grito suplicante. Juan XXIII o Pío X, por ejemplo, merecen la veneración de los santos. Pero ni ellos ni los otros papas que pasaron son ya "el Papa". Sería un error hacer de cualquiera de ellos el centro de la Iglesia como no sea que queramos una Iglesia sin vida terrenal. El Papa es el Papa. No pensamos en otros papas cuando gritamos "Viva el Papa". El Papa es Juan Pablo II, un anciano sacerdote polaco que reina y gobierna, por encima de la burocracia vaticana, y porque Dios así lo quiere. Un hombre de carne y hueso como todos. Pero un hombre que es capaz de andar sobre las aguas porque cree en el Espíritu Santo. Tampoco nos importan los papas futuros. El papa es sólamente un vicario: antes y después del Papa sólo ha estado, está y estará Cristo mismo.

España ha sido y es una tierra privilegiada por haber entendido con sencillez estas verdades que algunos miembros del "club de los papas muertos" se atreven a llamar "papismo" o "papolatría". Nosotros por el contrario tenemos la convicción de que ha sido precisamente este amor al Santo Padre lo que ha hecho fructificar a la Iglesia en España. Los sarmientos dan fruto mientras permanecen unidos a la Vid. No sólamente por eso, pero sí en gran medida por haber tenido siempre entre sus ideales el amor al obispo de Roma, -incluso cuando no eran sino grandes pecadores-, se ha mantenido en las Españas la Fe.

Y de pronto me acuerdo de nuestros reyes clásicos. Porque muy poco hubieran podido hacer los papas en España sin nuestros reyes. Unidos al papado han sido los reyes de las Españas el eje de nuestra historia, el soporte de todos nuestros ideales comunitarios. Tras el fracaso del Imperio los papas fueron, para los españoles, lo más parecido a un verdadero emperador, rey de reyes, sancionador y legitimador lejano del poder real cercano. Y este mismo esquema es el que se trasladó durante trescientos años con unos frutos admirables a las Indias Occidentales. Por delegación expresa del papa los reyes de la Monarquía Católica tenían bajo su responsabilidad la misión del Nuevo Mundo. Los millones de católicos de América y de Filipinas son el mejor testimonio de cómo cumplieron con esa misión providencial los reyes de las Españas. El rey fue, de hecho, como un papa para los americanos, de la misma forma que el Papa fue, de hecho, como un rey justo y lejano de allende los mares para los pueblos de Iberia. En España hemos querido al papa lo mismo que en América han querido al rey de España.

Y de eso se trata. De querer, de respetar, de obedecer. Juan Pablo II viene a España. Y no quiere que vayamos a verle. Lo que quiere es vernos. Lo que necesita es oír cómo gritamos: ¡Viva el Papa!

PUBLICADO EN REVISTA ARBIL NUMERO 68

Historia de América

por Javier Garisoain
Cuando los funcionarios racionalistas empezaron a menospreciar la Misión, América pasó a ser una tierra de emisión y de pura sumisión. Y por eso surgió la insumisión.

"... La ruptura principal no fue con España. El océano Atlántico estaba ya hecho antes de que empezaran las intrigas de Bolívar. La ruptura fratricida se produjo entre los mismos americanos. Virreinato contra virreinato. Capitanía contra capitanía. Los criollos comenzaron entonces la conquista de los indios olvidando su dignidad de súbditos.... "
América no es lo que parece sino todo lo contrario.

América no es tan nuevo continente. También podríamos llamar nueva a Europa si la comparásemos con Egipto, con las viejísimas culturas asiáticas, con la China o con la India. Más nuevo es el Islam que el cristianismo de todos los americanos. La etiqueta de nuevo o de viejo es una marca que a veces colocamos para justificar lo imperdonable. Los americanos no son más nuevos que los europeos. Tal vez sea al revés, porque además de toda esa vieja tradición europea -que también es suya- llevan sobre su espalda histórica la vieja tradición indígena, y las tradiciones importadas y la revuelta tradición de los últimos 200 años. En algunos aspectos los americanos son más arcaizantes que los europeos. Los viejos puritanos anglosajones, la vieja campechanía de los irlandeses, la vieja cultura familiar de los italoamericanos, la vieja lengua ceremoniosa de los hispanos, la vieja alegría de los afroamericanos. ¿Por qué llamamos nuevo a un continente con tanto viejo contenido?

América descubrió mucho más. América fue descubierta por los españoles y por todos los europeos. Es un mérito innegable el de los navegantes del siglo XVI haber llegado fisicamente al continente desconocido. Pero no me equivoco si digo que el verdadero descubrimiento, la sorpresa impresionante, fue la que se llevaron aquellos pueblos ultramarinos. Ellos descubrieron a los europeos, descubrieron la tradición greco-romana, la tradición judeocristiana, la cultura europea y si aportaron también todo lo que pudieron de bueno es innegable que para bien y para mal las cosas cambiaron mucho más en América que en Eurasia.

América no quería la emancipación. Los americanos, sufridores admirables de todas o casi todas las epidemias sanitarias e ideológicas que comenzaban en Europa, viven todavía del mito de la emancipación. Un proceso que ellos nunca iniciaron. En el caso de las repúblicas hispanoamericanas es preciso repetir una y otra vez que la ruptura no se produjo en América sino en España. Que no sucedió en el siglo XIX sino en el XVIII cuando los reyes empelucados de la España de la Ilustración abandonaron de hecho todo aquello que justificaba su presencia soberana en el Nuevo Mundo. América era la Misión de España, en todos los sentidos. Y esa misión que pagaba con sangre bien la podía cobrar en oro. Pero cuando los funcionarios racionalistas empezaron a menospreciar la Misión, América pasó a ser una tierra de emisión y de pura sumisión. Y por eso surgió la insumisión. Es algo más que un juego tonto de palabras cacofónicas: la insumisión americana no surgió por una simple falta de sumisión. Faltó más Misión.

América no rompe con la monarquía; se rompe a sí misma. El mar tenebroso, mar negro sin barcos. La miseria europea. La lucha contra Napoleón. Todo se confabulaba en contra del puente iberoamericano. La ruptura se hizo irreversible. Pero no fue una ruptura entre iguales sino un desgajarse como de frutos, o de ramas, o de hijos. Por eso todos los países hispanoamericanos tomaron en el momento de su independencia una forma política republicana. Los espadones, y los criollos, y las logias y todas las castas variopintas de aquellos países sabían que no hay más rey para Hispanoamérica que el rey de España. Se pudo romper con España como el hijo que se va de casa. Pero nadie cometió la blasfemia de proclamarse rey. Nadie propuso el establecimiento en América de monarquías alternativas a la Peninsular. La intentona del presunto emperador de México, Maximiliano, es más antiespañola que cualquier ceremonia republicana. Lo que pasó en el Brasil no fue lo mismo. Las repúblicas americanas siguieron siendo lo que ya eran pero a costa de perder la ingenuidad. Como los hijos que dejan de vivir juntos en torno a los padres.

La ruptura principal no fue con España. El océano Atlántico estaba ya hecho antes de que empezaran las intrigas de Bolívar. La ruptura fratricida se produjo entre los mismos americanos. Virreinato contra virreinato. Capitanía contra capitanía. Los criollos comenzaron entonces la conquista de los indios olvidando su dignidad de súbditos. Los ciudadanos se empeñaron contra los campesinos como contra extranjeros. Fue entonces cuando se proclamó la unidad artificial del idioma romance, para desgracia del idioma romance. Esclavos contra libres. Ganaderos contra agricultores. La emancipación americana fue una guerra civil que todavía no ha terminado. No se si llegará del Norte, o del Sur. Pero sé que la unidad de toda América no es un sueño.

No son naciones. El mimetismo nacionalista contaminado por los locos franceses que todo lo querían perfecto enloqueció a las repúblicas transatlánticas que se empezaron a llamar orgullosamente “naciones”. Ese nacionalismo iberoamericano ha sido el rasgo definidor de unos políticos ansiosos por marcar un territorio con una personalidad indiscutible. No excluyo las naciones. Sé que existen. Pero digo que pudieron ser también una sola. O también varias. No son naciones porque no nacieron. En realidad fueron abortadas. Razones egoístas y mentiras interrumpieron la tranquila gestación de forma malintencionada. Por eso no se les puede llamar ni naciones, ni independientes, ni emancipadas, ni libres.

Yo creo en América. En la vieja América. En una América hispana que no tiene 500 años, sino trescientos primero y doscientos después acumulados sobre otros miles misteriosos. Creo que de sus miserias ha de levantarse una ola benéfica también para esta nueva Europa inconsistente. Pero pienso que no saldrá de su postración mientras continúen las mentiras que cuentan de su vida. América es antigua y sabia. América nos descubrió, tal vez como un espejo. América fue abandonada por la madre que se hizo madrastra. América se merece una explicación. América se separó y se rompió en mil pedazos. América añora un rey. América está cansada de ceremonias masónicas. América puede ser todavía grande y alegre. Puede ser la madre de todos..

PUBLICADO EN REVISTA ARBIL NUMERO 69

Historias de la ciudad

por F. Javier Garisoain
Me gusta la ciudad. Pero considero que eso que hoy llamamos ciudad ya no es una ciudad. Es otra cosa. Es absurdo llamar ciudad igual a una pequeña polis de la Grecia clásica que a la Nueva York del siglo XXI. (...) La verdad es que las cosas se nos han ido de las manos. Tal vez sólo si empezamos por aclarar el concepto mismo de ciudad podamos enderezarlas
ALGUNAS PREGUNTAS. ¿Qué es una ciudad? ¿Por qué los políticos nos llaman ciudadanos? ¿En qué se parece una polis de la Grecia clásica a la Nueva York del siglo XXI? ¿Es oportuno designar por el mismo nombre a realidades tan diferentes?


SEGURIDAD. Las ciudades nacieron, entre otras cosas, con la idea bienintencionada de facilitar la defensa y aumentar la protección de sus vecinos. Claro que mientras no hubo ciudades tampoco hubo asedios ni saqueos, ni grandes incendios. Las catapultas romanas, las minas y la artillería moderna, los bombardeos aéreos del siglo XX, la amenaza terrible de destrucción atómica que pesa sobre ciudades enteras, son hitos de un mismo ingenio diabólico común a todos los rabiosos sitiadores de ciudades de la historia. Antes de haber ciudades, o en aquellas épocas mitológicas de su decadencia, como la Europa o el Japón medievales, el "arte de la guerra" resultó ennoblecido. Los guerreros "trabajaban" por su cuenta o en equipo de forma "artesanal". Los samurais de Nara (siglo VIII) -por ejemplo- dedicaban versos a sus enemigos sin dejar por ello de combatir con rudeza. El modelo cristiano europeo de la caballería, la misma idea de caballerosidad, no nacieron en una ciudad sino allí donde el caballo se hacía necesario como medio de transporte. En aquellas épocas -no mas oscuras que algunos barrios vecinos- había violencias, y batallas, pero no existía la guerra tal como hoy la concebimos. Los soldados luchaban cuerpo a cuerpo, se podían herir con violencia inaudita, pero de una forma que me atrevería a definir como más humana. Los reyes caballeros, yendo al frente de sus ejércitos, podrían cortar una o dos cabezas cada temporada, pero no tenían en sus manos la posibilidad de volatilizar una ciudad con una simple llamada telefónica. El proceso histórico es lento y los cambios imperceptibles pero 1945 fue el año en que, definitivamente, la ciudad perdió lo único que alguna vez pudo justificar su nacimiento: la idea de seguridad y protección.

LIBERTAD. ¿Habría más libertad si no hubiese ciudades? Pienso que al menos la habría en mayor grado si no fuesen tan grandes, porque la libertad exige dos cosas: que reinen unas leyes justas y que esas leyes sean "las justas". El crecimiento desmesurado de las ciudades implica la superproducción de reglamentos, el aumento de la policía y de las multas. Yo no digo que las leyes urbanas no sean justas -aunque a menudo lo pienso-. Lo que digo es que son demasiadas. De lo que me quejo es de esa burocracia sin corazón que se esconde debajo de los viejos ropajes honorables de los ayuntamientos antiguos. Se llaman de la misma forma y mantienen las mismas imágenes heráldicas, y los mismos títulos de muy leal y muy de todo pero ya no son la misma cosa. El crecimiento oncológico de las ciudades, de sus normas y reglamentos, de sus funcionarios y sus instituciones ha hecho irreconocible el conjunto original. El afán racionalista por el control y la seguridad que domina las ciudades modernas es uno de los mayores enemigos de las libertades concretas.

DIVERSIÓN. ¿Sería todo aburrido si no hubiese ciudades? Yo creo que la realidad desmiente el mito de la ciudad-diversión. Cualquier niño sano sabe que en la ciudad no es posible jugar tanto como en el campo. Y si las ciudades realmente fueran tan divertidas ¿por qué razón tantos urbanitas se gastarían el sueldo en irse fuera el fin de semana a la playa, a esquiar, a pasear, a pescar o a cazar? ¿y por qué se construyen en el campo esas casas que llamamos "segunda vivienda"? Los ciudadanos modernos huyen de su ciudad en cuanto pueden: huyen el fin de semana, huyen en las vacaciones y huyen al jubilarse. Piensa el recién llegado a la gran ciudad: "nadie me conoce, podré hacer lo que quiera". ¿Y al final qué es lo que hace? Lo mismo que todo el mundo, porque ninguna satisfacción proporciona hacer cosas originales cuando nadie te conoce. Creo que el desprecio que aparenta el habitante de la gran ciudad hacia el pueblerino, el villano, el aldeano, el paleto no es otra cosa sino envidia.

SALUD. ¿Tendríamos una vida más sana si no hubiese ciudades? Yo creo que todo parece indicar que sí. El clásico "cambio de aires" que los médicos recomendaban antiguamente solía consistir, simplemente, en salir de la ciudad. La historia de la medicina urbana es aleccionadora. Inventos y descubrimientos han hecho posible poco a poco la vida humana gracias a las mejoras higiénicas o en el abastecimiento de agua. Acueductos, fuentes y alcantarillas son grandes remedios para grandes males. Remedios frágiles y punto débil que una simple huelga puede colapsar. ¿Habríamos sufrido pestes y plagas tan terribles si no hubiesen existido las ciudades? He aquí una definición biológica de ciudad: Ecosistema artificial en el que conviven al menos tres especies de animales: los seres humanos, las cucarachas y las ratas. La basura no es un problema grave cuando la población se haya dispersa en nucleos de tamaño reducido. La contaminación no es sino la concentración exagerada de sustancias nocivas en muy poco espacio. ¿Y si hablásemos de salud mental, suicidio, depresión, insomnio...?

ETCÉTERA. Podríamos alargar el análisis y llegaríamos siempre a la misma conclusión. Que la gran ciudad no ha significado un progreso integral para la humanidad. La economía, las enormes cifras de gastos e ingresos, las estadísticas apabullantes de las grandes urbes configuran la apoteosis de una humanidad magnífica pero ¿qué pasa con la humanidad misma? ¿A mayor ciudad mayor humanidad? Yo creo que no. El individualismo creciente no es como el de los antiguos ermitaños. Es una especie de soledad acompañada que nos convierte a todos en números sin nombre. La desaparición del vecino y hasta de la misma idea de prójimo hace innecesario el saludo cotidiano y provoca la ignorancia mutua. Por eso las grandes ciudades son el caldo de cultivo en el que han nacido el terrorismo de los pisos francos, la droga y sus redes comerciales, la delincuencia en general del hampa y de las bandas, la prostitución a escala industrial, el chabolismo y los barrios bajos. Incluso las sectas modernas que pierden a los que buscan serían difíciles de encontrar fuera del ecosistema de la gran ciudad. El progreso humano puede medirse en euros. Pero también en cualidades morales o, por ejemplo, en pecados capitales. La soberbia de los políticos, la avaricia de los especuladores, la lujuria de las redes de comercio sexual, la ira de los gamberros, la gula de los consumistas, la envidia que azuzan los anunciantes con una publicidad manipuladora, la pereza de la plebe que pide pan y circo. La masificación característica de la gran ciudad despersonaliza. Toda la gran ciudad gira en torno a los problemas que genera esta deshumanización y a las soluciones que crean nuevos problemas. El automóvil, por ejemplo, facilita el traslado al trabajo pero atasca las vías, genera contaminación, dificulta el aparcamiento, genera miles de accidentes y provoca la acción represora de la autoridad en forma de multas y grúas. El tren, el metro, el autobús, el tranvía posibilitan el acceso de cuarenta millones de japoneses a Tokyo cada día. Pero de la misma forma hacen posible también que cuarenta millones de personas pierdan en el trayecto un tiempo precioso. La escasez de suelo reduce el tamaño de las viviendas; viviendas en las que casi no se vive. En ellas sólo se ve la televisión y se duerme porque no quedan ni espacio, ni tiempo, para la vida familiar.

CONCLUSION. Me temo que estoy hablando de la ciudad sin haber aclarado el concepto. Precisamente la conclusión a la que llego es que esa cosa que llamamos actualmente ciudad tiene poco que ver con la ciudad originaria. No estoy en contra de la ciudad verdadera. El problema es que nos falta una palabra para nombrar a la gran ciudad moderna. Si llamábamos ciudad a cualquiera de nuestras viejas poblaciones amuralladas no podemos seguir llamando ciudad a esa misma cosa sin murallas y multiplicada por siete. Me da la impresión que estamos confundiendo la semilla con el árbol, la crisálida con la mariposa, el mosto con el vino, el tejido sano con el afectado de cáncer. No estoy en contra de la ciudad. Me gusta la ciudad. Pero considero que eso que hoy llamamos ciudad ya no es una ciudad. Es otra cosa. Es absurdo llamar ciudad igual a una pequeña polis de la Grecia clásica que a la Nueva York del siglo XXI. A los grandes superalcaldes contemporáneos siempre les quedará el consuelo de alegar en su genealogía urbana una pequeña ciudad originaria. Y podrán contar cómo se produjo la expansión a partir de aquel núcleo de población aunque no sea fácil determinar en qué momento deja una ciudad auténtica de ser ciudad para convertirse en esa otra cosa cuyos defectos hemos criticado. La verdad es que las cosas se nos han ido de las manos. Tal vez sólo si empezamos por aclarar el concepto mismo de ciudad podamos enderezarlas.

PUBLICADO EN REVISTA ARBIL NUMERO 86.