por F. Javier Garisoain El verdadero truco del liberalismo relativista actual es mucho más refinado. No niega que cada uno pueda confesar al Dios en quien crea. Lo que niega es la confesión colectiva | |
Es una historia bastante simple. Podría resumirse diciendo que en todas partes, en cualquier época, todas las comunidades humanas han preferido someterse a una divinidad trascendente antes que al matón de turno. Entre otras cosas porque la divinidad trascendente es a menudo lo único que puede controlar, limitar y someter al chulo del barrio. Pero incluso cuando no hay matones sino reyes benéficos y buenos como los de los cuentos también entonces los hombres libres preferimos que el jefe esté lejos y muy ocupado. -Los inspectores y la grua, lejos, por favor-. Y nos gusta saber que el mandamás tendrá un día que comparecer ante un juicio supremo para recibir su premio o su castigo. Todo esto tiene que ver con la idea de libertad; por eso los pueblos que mejor han mantenido el concepto de libertad son los que más han invocado la protección divina, y viceversa. Son pueblos que han producido adagios como ese que dice: "Cada uno en su casa, y Dios en la de todos", y otros por el estilo. Por cierto, para que nos entendamos: a esa actitud de invocar colectivamente la protección divina es a lo que llamo confesionalidad. ¿Por qué tendrá tan mala prensa? Pues bien, las cosas son así porque no podemos ser de otra forma. El hombre es un ser social, y la sociedad no funciona si no hay un "unum" que justifique el derecho a la rebelión contra el tirano. Los tiranos burros han dicho directamente que no existe "unum" y, naturalmente, han sido derribados de inmediato. Los tiranos listos en cambio se esfuerzan por convencer a todos de que ellos son el verdadero "unum" y por eso a veces consiguen grandes éxitos de ventas. Los mártires que Nerón y compañía no podían soportar eran acusados de ateos porque discutían la confesionalidad imperial. Pero no es que negasen la confesionalidad, negaban la imperial. Ellos sabían que un emperador loco y gordo que toca la lira no puede ser Dios y por eso iban cantando a los leones. Pero no negaban que la confesionalidad fuera un bien deseable. Fueron mártires, pero antes fueron confesores. Y gracias a su confesion y a su martirio consiguieron el milagro: que todo el imperio confesara públicamente, oficialmente, solemnemente que Dios es el señor y que todos, desde el emperador al mendigo, le deben obediencia. El truco de los poderosos malvados era siempre el mismo: ponerse en lugar de Dios, hacer coincidir la divinidad con el poder político supremo. Un truco tan viejo y desgastado que parece mentira que nos sigan todavía engañando con él. Lo usaron los faraones egipcios y los emperadores romanos haciéndose pasar por divinos, y lo emplean ahora -en parte- las multinacionales inhumanas y los gobiernos cuando nos marcan el calendario, nos proponen mandamientos, envían sus misioneros, hacen colectas, imparten catequesis, (y hasta se rumorea que planean bautizar a nuestros hijos con preciosos nombres como: Pepsi García, Adidas González, Kodak Smith...). Pero el verdadero truco del liberalismo relativista actual es mucho más refinado. No niega que cada uno pueda confesar al Dios en quien crea. Lo que niega es la confesión colectiva. Su religión pública consiste en no confesar ninguna religión pública. De esa manera es como se consigue un poder político y económico indiscutible, intocable, contra el que parece inmoral cualquier rebelión. Esta es la táctica del relativismo dominante; dicen que respetan la libertad religiosa, pero se olvidan que uno de los "derechos" fundamentales de los hombres religiosos es unirse a otros hombres religiosos para alabar públicamente a Dios. La aconfesionalidad es la más fanática de las confesionalidades porque hacen a todas las religiones el peor de los desprecios: no les hacen aprecio. Una caracteristica de cualquier confesionalidad es que no admite mezclas. No es posible construir una comunidad humana sobre dos o más confesiones distintas. Logicamente, porque confesar al Dios verdadero es lo mismo que decir que los demás dioses son falsos. (Y no confesar a ninguno quiere decir que ninguno es digno de alabanza pública). Eso no quiere decir que en determinadas situaciones la prudencia no pueda aconsejar la colaboración en pro del bien común de personas de confesiones distintas, por supuesto; todo sea con tal de no discutir. Lo que pasa es que a una comunidad humana no le basta con no discutir. Si esos hombres no son capaces de hacer cosas juntos vivirán en una comunidad estéril, decadente y acabarán disolviéndose como grupo. Por eso opino que la multiconfesionalidad o pluriconfesionalidad entendida como el sistema que verdaderamente respeta la libertad religiosa, sólo puede surgir bajo la supremacía de una de ellas. Como cuando el rey del Toledo "de las tres religiones"era cristiano. O como cuando el Papa convoca a los pueblos del mundo a rezar juntos en Asis... bajo su presidencia y en su casa. Así que puesto que es inevitable la supremacía de una confesión ¿por qué no hemos los católicos de proponer la nuestra? En España todo o casi todo es confesionalmente católico, no es precisa ninguna revolución para conseguirlo, hay miles y miles de huellas frescas que atestiguan una confesionalidad de hecho: los nombres de la gente, el del político ateo que se llama Teófilo, o el de la abortista que se llama Concepción; los edificios y construcciones rematados con una cruz; los capellanes de las cárceles y los hospitales; los sagrados corazones de las fachadas; las ermitas de los montes; las capillas, iglesias y catedrales que atraen al turismo japonés; casi toda la toponimia pintoresca; los patronazgos en todas partes y para cualquier cosa, cada uno con su fiesta y su procesión correspondiente; el calendario entero con su santoral; los domingos del Señor; las canciones infantiles y el folklore en general; los archivos repletos de papeles cristianos, desde las glosas emilianenses hasta el último papelito; las hermandades profesionales; las cooperativas; las obras de caridad; las fundaciones educativas; los trajes regionales tan recatados; los museos, y un larguísimo etcétera. Convenzámonos de una vez y convenzamos a los demás: la confesionalidad aconfesional actual es un mal que encubre una tiranía; la confesionalidad católica es un bien y además nos haría más libres. No se puede imponer, ha de caer por su propio peso, de acuerdo, pero es un bien. Si no recuperamos la confesionalidad católica seguiremos metidos de lleno en la trampa con la que los poderes multimedia harán lo que quieran con nosotros. Si no volvemos a lo que nunca debimos olvidar seguiremos profesando esta especie de confesionalidad aconfesional que en nombre de su propio "unum" nos mandará a los leones el día menos pensado. PUBLICADO EN ARBIL NUMERO 62 |
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miércoles, 13 de julio de 2011
Historia de la confesionalidad
¡Viva el Papa!
por F. Javier Garisoain Tenemos la convicción de que ha sido precisamente este amor al Santo Padre lo que ha hecho fructificar a la Iglesia en España. Los sarmientos dan fruto mientras permanecen unidos a la Vid | |
| Cuando los católicos gritamos "Viva el Papa" estamos lanzando al aire una jaculatoria que condensa cien súplicas en tres palabras. Decir "Viva el Papa" es dar gracias por la institución monárquica del papado. Es pedir a Dios que nos la conserve fuerte y vigorosa, en el timón de la barca de Pedro, hasta el final de los tiempos. Es gritar con la alegría de quien sabe que no se va a perder porque siempre va a tener un guía. Pero principalmente, cuando gritamos "Viva el Papa" nos viene a la cabeza la imagen del Sumo Pontífice felizmente reinante. No podemos gritar "Viva el Papa" sin pensar en la persona de Juan Pablo II, antes Karol Wojtila. A los Católicos nos importan más las personas que las instituciones. Juan Pablo II es más importante hoy y ahora que la institución del papado. Por eso gritamos que viva el papa y no que viva el papado. Sabemos que cuando muera Juan Pablo II el Espíritu Santo y el colegio de cardenales elegirán otro papa. También él pasará. Pero nosotros ahora queremos pedir a gritos que siga viviendo éste vicario de Cristo. Ya no nos importan como papas los papas muertos. Nuestro papa es el Papa actual. Ni siquiera la canonización de un papa difunto nos puede hacer cambiar ese grito suplicante. Juan XXIII o Pío X, por ejemplo, merecen la veneración de los santos. Pero ni ellos ni los otros papas que pasaron son ya "el Papa". Sería un error hacer de cualquiera de ellos el centro de la Iglesia como no sea que queramos una Iglesia sin vida terrenal. El Papa es el Papa. No pensamos en otros papas cuando gritamos "Viva el Papa". El Papa es Juan Pablo II, un anciano sacerdote polaco que reina y gobierna, por encima de la burocracia vaticana, y porque Dios así lo quiere. Un hombre de carne y hueso como todos. Pero un hombre que es capaz de andar sobre las aguas porque cree en el Espíritu Santo. Tampoco nos importan los papas futuros. El papa es sólamente un vicario: antes y después del Papa sólo ha estado, está y estará Cristo mismo. España ha sido y es una tierra privilegiada por haber entendido con sencillez estas verdades que algunos miembros del "club de los papas muertos" se atreven a llamar "papismo" o "papolatría". Nosotros por el contrario tenemos la convicción de que ha sido precisamente este amor al Santo Padre lo que ha hecho fructificar a la Iglesia en España. Los sarmientos dan fruto mientras permanecen unidos a la Vid. No sólamente por eso, pero sí en gran medida por haber tenido siempre entre sus ideales el amor al obispo de Roma, -incluso cuando no eran sino grandes pecadores-, se ha mantenido en las Españas la Fe. Y de pronto me acuerdo de nuestros reyes clásicos. Porque muy poco hubieran podido hacer los papas en España sin nuestros reyes. Unidos al papado han sido los reyes de las Españas el eje de nuestra historia, el soporte de todos nuestros ideales comunitarios. Tras el fracaso del Imperio los papas fueron, para los españoles, lo más parecido a un verdadero emperador, rey de reyes, sancionador y legitimador lejano del poder real cercano. Y este mismo esquema es el que se trasladó durante trescientos años con unos frutos admirables a las Indias Occidentales. Por delegación expresa del papa los reyes de la Monarquía Católica tenían bajo su responsabilidad la misión del Nuevo Mundo. Los millones de católicos de América y de Filipinas son el mejor testimonio de cómo cumplieron con esa misión providencial los reyes de las Españas. El rey fue, de hecho, como un papa para los americanos, de la misma forma que el Papa fue, de hecho, como un rey justo y lejano de allende los mares para los pueblos de Iberia. En España hemos querido al papa lo mismo que en América han querido al rey de España. Y de eso se trata. De querer, de respetar, de obedecer. Juan Pablo II viene a España. Y no quiere que vayamos a verle. Lo que quiere es vernos. Lo que necesita es oír cómo gritamos: ¡Viva el Papa! PUBLICADO EN REVISTA ARBIL NUMERO 68 |
domingo, 20 de febrero de 2005
El Islam, padre de Europa
Es el Islam real y concreto que arraigado en las fronteras de Europa hizo que la Cristiandad se identificara sobre el mapa - de hecho y a la fuerza- con el continente Europeo. Es el Islam, un enemigo común al que la Europa acorralada y frustrada se enfrentó en la Reconquista española, en las Cruzadas, en Viena, en Lepanto. Es el Islam, padre a su pesar de la Europa cristiana.
Introducción
¿Es Europa algo más que un hecho jurídico? ¿algo más que una definición geográfica? ¿algo más que un montón de papeles? ¿existe una identidad europea? ¿ha existido alguna vez? ¿cuándo nació Europa? ¿es Europa algo más que la voluntad coyuntural de algunos políticos de los siglos XX y XXI? ¿dónde empieza y dónde termina Europa? ¿qué es lo que empieza allí donde Europa termina? ¿qué ciudad debiera ser su capital? ¿hasta dónde llega la tierra europea? ¿por qué son europeos los bosnios musulmanes? ¿por qué son europeos los canarios? ¿por qué no son europeos los blancos estadounidenses? ¿por qué no son europeos todos los rusos? ¿son europeos los esquimales? ¿son europeos los gitanos?
Estas y algunas otras preguntillas intrascendentes son las que me vienen a la cabeza al pensar sobre Europa como “comunidad de valores y orden jurídico” y en las dos o en las mil caras en que se descompone. Hagamos algunas reflexiones haciendo cinco estaciones en la Historia para tratar de llegar a alguna conclusión.
Europa es un continente... Bueno, un subcontinente
La prehistoria. Dentro de las tierras emergidas Europa no es más que el gran apéndice occidental del gran continente euroasiático. Es una “península de penínsulas” caracterizada por una enorme diversidad geográfica. Antes del Neolítico y mucho tiempo después aquella variedad geográfica era variedad de lenguas, razas, culturas, formas de vida, etc. ¿En qué momento alcanzan las tierras de este subcontinente algo parecido a la unidad? La respuesta no solamente afecta a Europa sino a tal cantidad de tierras cartográficamente extraeuropeas que es fácil volver a insistir en lo que ya sabíamos: que Europa es algo más que un continente. Groenlandia, Turquía, Las islas del Atlántico, toda Rusia, el norte de Africa, y de alguna manera todas las ex-colonias europeas son o han sido de una u otra forma tan “europeas” como Estrasburgo. Es importante recordar los tremendos problemas de coherencia geográfica que surgen cuando intentamos hacer mapas de Europa. ¿Por qué íbamos a decir “Europa, sé tu misma” si Europa fuera sólo un continente? Nadie le dice “sé tu misma” a una piedra. Si le pedimos que sea ella misma es porque reconocemos que hay algo más.
Roma no era la capital de Europa
Roma. La romanidad no inventó Europa. El imperio de los romanos supo aglutinar pueblos diversos bajo la tolerancia del panteón pagano y mediante la mano dura del Derecho y las legiones. Pero aquellos pueblos que por las buenas o por las malas tuvieron su capital en la ciudad eterna no se hicieron europeos sino mediterráneos. Los de la orilla norte eran europeos según los criterios de la geografía física aunque ese detalle decía poco en aquel tiempo. Había en el mundo clásico romanos muy romanos en Anatolia y en Hispania. Lo mismo de romanos en Túnez que en Croacia. Cuando llegó el momento de la división en dos de aquel gran imperio no se separaron los Europeos de los Asiáticos; ni los Europeos de los Africanos. Todo el imperio se desgajó en dos partes: Oriente y Occidente; Roma y Bizancio. Ambas partes igualmente “europeas”, ambas igualmente mediterráneas. El latín se había extendido hacia el norte, lo mismo que hacia el sur; y no pasó de los “limes” del Rin y el Danubio: le faltaba todavía mucho para llegar a ser la “lengua europea” que mucho después llegaría a ser.
Tampoco los cristianos pensaban en Europa
El Cristianismo. En el tiempo que va desde la caída del Imperio Romano de Occidente y la expansión fulgurante del Islam los misioneros cristianos ocuparon y sobrepasaron con creces las fronteras del viejo mundo grecorromano. Eran transmisores de un Evangelio llamado a impregnar todas las culturas y que no trataba por ello de establecer una única cultura común. La Cristiandad, conjunto de pueblos cristianizados, - incluidos los que fueron víctimas de las herejías de moda como el arrianismo -, crecía por el norte entre los pueblos bárbaros, y si algo detenía su avance por el sur era el desierto africano. En Armenia, en Egipto, en Túnez, hasta en la India... cristianos como San Agustín vivían con los mismos valores, los mismos ideales y los mismos problemas que sus hermanos de la Europa más europea. Tampoco fue la Cristiandad la que inventó Europa. Después de la Resurrección de Jesús la noticia evangélica se encaminó lo mismo a Oriente que a Occidente, al Norte que al Sur, a Europa que a los demás continentes. Santiago el Mayor, el apóstol del “primer itinerario europeo”, ni pretendió ni dejó de pretender la unidad cristiana de Europa. San Pedro acabó sus días en Roma buscando desde la Urbe simplemente una mayor eficacia en su predicación. Era la capital del mundo -no de Europa- y es por eso que se afincó allí la cabeza de la Iglesia.
¿Es el Islam el padre de Europa?
El Islam. Y llegamos por fin al punto en el que trataremos de explicar el título que encabeza la comunicación y el capítulo. Ahí va una batería de preguntas que desemboca en una única respuesta. ¿En qué momento histórico la Europa geográfica llegó prácticamente a coincidir con la Europa cristiana? ¿Qué fenómeno es el que casi borró el cristianismo al sur y al este del Mediterráneo? ¿Por qué la expansión natural de los misioneros europeos continuó hasta los confines del Círculo Polar y se adentró entre los pueblos eslavos pero retrocedió y no pudo avanzar ni por Africa ni por Oriente medio? ¿Qué es lo que obligó a los cristianos a permanecer asentados y como “encerrados” en el subcontinente europeo sin posibilidad de expandirse por Persia, por la India, por China? ¿Qué obstáculo presente en las fronteras al sur y al este de Europa no pudo impedir en cambio la evangelización de todo el continente Americano? ¿Por qué la conquista y colonización de América supuso de forma natural su paralela evangelización? ¿Por qué América e incluso Oceanía son considerados parte de “Occidente”? La respuesta es siempre el Islam. El Islam entendido no sólo como la religión de los musulmanes; no sólo como una doctrina que pretende ser superación del cristianismo y culminación de la Revelación; no sólo como unas creencias o ritos diferentes a los de los cristianos. Es el Islam como concreción política, territorial y casi nacionalista de una filosofía de vida. Es el Islam real y concreto que arraigado en las fronteras de Europa hizo que la Cristiandad se identificara sobre el mapa - de hecho y a la fuerza- con el continente Europeo. Es el Islam, un enemigo común al que la Europa acorralada y frustrada se enfrentó en la Reconquista española, en las Cruzadas, en Viena, en Lepanto. Es el Islam, padre a su pesar de la Europa cristiana.
Europa, Laicista o Creyente, es siempre “Católica”
La Expansión Misional. La vigorosa y rápida propagación del Islam en sus primeros años contrasta con su posterior estancamiento. Estancamiento que afecta no solo al dominio territorial sino también al desarrollo social, cultural, literario, artístico y científico de los países musulmanes. En cambio la expansión de Europa en todos los órdenes hizo que pasando por encima del mundo islámico -y haciéndolo retroceder en ocasiones como en España o en Grecia- evangelizara América, dominara todos los mares, conquistara y explotara las riquezas de medio mundo convertido en colonias... Todo ello, incluso con lo que conlleva de pecado (herejías, abusos, injusticias, opresión, guerras, liberalismo, filosofías apóstatas...) demuestra la fecunda y auténtica vocación “católica” de Europa. Un catolicismo o universalismo que impelía a los europeos a misionar o a conquistar, pero siempre a expandirse. Inquietos en sus pequeñas penínsulas, consumidos en guerras intestinas y abrumados por una riqueza cultural y material desbordante, los europeos inventaron la globalización católica, la universalidad. Los que tenían fe no luchaban por una cristiandad europea sino universal. Y lo más sorprendente es que los que a partir del siglo XVI fueron trastocando o perdiendo esa fe cristiana por culpa de las revoluciones protestantes y liberales ni trastocaron ni perdieron ese anhelo de universalidad que había sido inculcado en ellos por los primeros evangelizadores de Europa.
Conclusiones
Creo que puedo explicar el tratamiento conjunto e indiferenciado que acabo de hacer de creyentes y apóstatas; de jacobeos y jacobinos; de la Iglesia y la masonería. En ese sentido la Europa de los últimos doscientos o tal vez quinientos años es una permanente guerra civil; tiene dos caras, una cara y una cruz antagónicas, enfrentadas, que se simultanean y que luchan por conseguir la hegemonía y el control de toda Europa y sus pueblos diversos. Cuando se habla de la unidad de Europa es preciso hablar de su identidad, de sus raíces. Pasaron los intentos de basar la unidad europea en la fuerza, o en una etnia o cultura. El debate es ahora más profundo y por eso no es casualidad que se haya convertido recientemente en cuestión fundamental la inclusión o no de una referencia a las “raíces cristianas de Europa” en el proyecto de constitución europea. Los espíritus despiertos saben que una vez alcanzada la unidad formal de Europa, el que sea su identidad cristiana o sea pagana, creyente o laicista, realista o relativista será fundamental a la hora de prolongar en uno u otro sentido esa idea de expansión que de manera vocacional llevan dentro de sí todos los europeos. Saben que no sería igual la expansión misional de una “nueva evangelización” (que todavía podría tener un puntal en la Iglesia europea), que esa otra especie de expansión misional del laicismo que es capaz de infiltrarse incluso en las clases dirigentes de muchos países árabes y que hace soñar a algunos con la inclusión de Turquía y otras naciones islámicas en un gran conglomerado relativista.
La batalla pues continúa. Europa sigue siendo - como nos enseña la historia que hemos repasado- esa parte del Planeta que está ocupada por cristianos y postcristianos y rodeada por países musulmanes. Europa sigue siendo una comunidad de naciones en búsqueda de su identidad. Dependiendo de la respuesta que seamos capaces de dar a esa identidad Europa será de una u otra manera. Europa será ella misma o será otra cosa. Y con ella todas las demás partes del mundo. Esa y no otra es la grandeza de Europa.
F. Javier Garisoain Otero
Introducción
¿Es Europa algo más que un hecho jurídico? ¿algo más que una definición geográfica? ¿algo más que un montón de papeles? ¿existe una identidad europea? ¿ha existido alguna vez? ¿cuándo nació Europa? ¿es Europa algo más que la voluntad coyuntural de algunos políticos de los siglos XX y XXI? ¿dónde empieza y dónde termina Europa? ¿qué es lo que empieza allí donde Europa termina? ¿qué ciudad debiera ser su capital? ¿hasta dónde llega la tierra europea? ¿por qué son europeos los bosnios musulmanes? ¿por qué son europeos los canarios? ¿por qué no son europeos los blancos estadounidenses? ¿por qué no son europeos todos los rusos? ¿son europeos los esquimales? ¿son europeos los gitanos?
Estas y algunas otras preguntillas intrascendentes son las que me vienen a la cabeza al pensar sobre Europa como “comunidad de valores y orden jurídico” y en las dos o en las mil caras en que se descompone. Hagamos algunas reflexiones haciendo cinco estaciones en la Historia para tratar de llegar a alguna conclusión.
Europa es un continente... Bueno, un subcontinente
La prehistoria. Dentro de las tierras emergidas Europa no es más que el gran apéndice occidental del gran continente euroasiático. Es una “península de penínsulas” caracterizada por una enorme diversidad geográfica. Antes del Neolítico y mucho tiempo después aquella variedad geográfica era variedad de lenguas, razas, culturas, formas de vida, etc. ¿En qué momento alcanzan las tierras de este subcontinente algo parecido a la unidad? La respuesta no solamente afecta a Europa sino a tal cantidad de tierras cartográficamente extraeuropeas que es fácil volver a insistir en lo que ya sabíamos: que Europa es algo más que un continente. Groenlandia, Turquía, Las islas del Atlántico, toda Rusia, el norte de Africa, y de alguna manera todas las ex-colonias europeas son o han sido de una u otra forma tan “europeas” como Estrasburgo. Es importante recordar los tremendos problemas de coherencia geográfica que surgen cuando intentamos hacer mapas de Europa. ¿Por qué íbamos a decir “Europa, sé tu misma” si Europa fuera sólo un continente? Nadie le dice “sé tu misma” a una piedra. Si le pedimos que sea ella misma es porque reconocemos que hay algo más.
Roma no era la capital de Europa
Roma. La romanidad no inventó Europa. El imperio de los romanos supo aglutinar pueblos diversos bajo la tolerancia del panteón pagano y mediante la mano dura del Derecho y las legiones. Pero aquellos pueblos que por las buenas o por las malas tuvieron su capital en la ciudad eterna no se hicieron europeos sino mediterráneos. Los de la orilla norte eran europeos según los criterios de la geografía física aunque ese detalle decía poco en aquel tiempo. Había en el mundo clásico romanos muy romanos en Anatolia y en Hispania. Lo mismo de romanos en Túnez que en Croacia. Cuando llegó el momento de la división en dos de aquel gran imperio no se separaron los Europeos de los Asiáticos; ni los Europeos de los Africanos. Todo el imperio se desgajó en dos partes: Oriente y Occidente; Roma y Bizancio. Ambas partes igualmente “europeas”, ambas igualmente mediterráneas. El latín se había extendido hacia el norte, lo mismo que hacia el sur; y no pasó de los “limes” del Rin y el Danubio: le faltaba todavía mucho para llegar a ser la “lengua europea” que mucho después llegaría a ser.
Tampoco los cristianos pensaban en Europa
El Cristianismo. En el tiempo que va desde la caída del Imperio Romano de Occidente y la expansión fulgurante del Islam los misioneros cristianos ocuparon y sobrepasaron con creces las fronteras del viejo mundo grecorromano. Eran transmisores de un Evangelio llamado a impregnar todas las culturas y que no trataba por ello de establecer una única cultura común. La Cristiandad, conjunto de pueblos cristianizados, - incluidos los que fueron víctimas de las herejías de moda como el arrianismo -, crecía por el norte entre los pueblos bárbaros, y si algo detenía su avance por el sur era el desierto africano. En Armenia, en Egipto, en Túnez, hasta en la India... cristianos como San Agustín vivían con los mismos valores, los mismos ideales y los mismos problemas que sus hermanos de la Europa más europea. Tampoco fue la Cristiandad la que inventó Europa. Después de la Resurrección de Jesús la noticia evangélica se encaminó lo mismo a Oriente que a Occidente, al Norte que al Sur, a Europa que a los demás continentes. Santiago el Mayor, el apóstol del “primer itinerario europeo”, ni pretendió ni dejó de pretender la unidad cristiana de Europa. San Pedro acabó sus días en Roma buscando desde la Urbe simplemente una mayor eficacia en su predicación. Era la capital del mundo -no de Europa- y es por eso que se afincó allí la cabeza de la Iglesia.
¿Es el Islam el padre de Europa?
El Islam. Y llegamos por fin al punto en el que trataremos de explicar el título que encabeza la comunicación y el capítulo. Ahí va una batería de preguntas que desemboca en una única respuesta. ¿En qué momento histórico la Europa geográfica llegó prácticamente a coincidir con la Europa cristiana? ¿Qué fenómeno es el que casi borró el cristianismo al sur y al este del Mediterráneo? ¿Por qué la expansión natural de los misioneros europeos continuó hasta los confines del Círculo Polar y se adentró entre los pueblos eslavos pero retrocedió y no pudo avanzar ni por Africa ni por Oriente medio? ¿Qué es lo que obligó a los cristianos a permanecer asentados y como “encerrados” en el subcontinente europeo sin posibilidad de expandirse por Persia, por la India, por China? ¿Qué obstáculo presente en las fronteras al sur y al este de Europa no pudo impedir en cambio la evangelización de todo el continente Americano? ¿Por qué la conquista y colonización de América supuso de forma natural su paralela evangelización? ¿Por qué América e incluso Oceanía son considerados parte de “Occidente”? La respuesta es siempre el Islam. El Islam entendido no sólo como la religión de los musulmanes; no sólo como una doctrina que pretende ser superación del cristianismo y culminación de la Revelación; no sólo como unas creencias o ritos diferentes a los de los cristianos. Es el Islam como concreción política, territorial y casi nacionalista de una filosofía de vida. Es el Islam real y concreto que arraigado en las fronteras de Europa hizo que la Cristiandad se identificara sobre el mapa - de hecho y a la fuerza- con el continente Europeo. Es el Islam, un enemigo común al que la Europa acorralada y frustrada se enfrentó en la Reconquista española, en las Cruzadas, en Viena, en Lepanto. Es el Islam, padre a su pesar de la Europa cristiana.
Europa, Laicista o Creyente, es siempre “Católica”
La Expansión Misional. La vigorosa y rápida propagación del Islam en sus primeros años contrasta con su posterior estancamiento. Estancamiento que afecta no solo al dominio territorial sino también al desarrollo social, cultural, literario, artístico y científico de los países musulmanes. En cambio la expansión de Europa en todos los órdenes hizo que pasando por encima del mundo islámico -y haciéndolo retroceder en ocasiones como en España o en Grecia- evangelizara América, dominara todos los mares, conquistara y explotara las riquezas de medio mundo convertido en colonias... Todo ello, incluso con lo que conlleva de pecado (herejías, abusos, injusticias, opresión, guerras, liberalismo, filosofías apóstatas...) demuestra la fecunda y auténtica vocación “católica” de Europa. Un catolicismo o universalismo que impelía a los europeos a misionar o a conquistar, pero siempre a expandirse. Inquietos en sus pequeñas penínsulas, consumidos en guerras intestinas y abrumados por una riqueza cultural y material desbordante, los europeos inventaron la globalización católica, la universalidad. Los que tenían fe no luchaban por una cristiandad europea sino universal. Y lo más sorprendente es que los que a partir del siglo XVI fueron trastocando o perdiendo esa fe cristiana por culpa de las revoluciones protestantes y liberales ni trastocaron ni perdieron ese anhelo de universalidad que había sido inculcado en ellos por los primeros evangelizadores de Europa.
Conclusiones
Creo que puedo explicar el tratamiento conjunto e indiferenciado que acabo de hacer de creyentes y apóstatas; de jacobeos y jacobinos; de la Iglesia y la masonería. En ese sentido la Europa de los últimos doscientos o tal vez quinientos años es una permanente guerra civil; tiene dos caras, una cara y una cruz antagónicas, enfrentadas, que se simultanean y que luchan por conseguir la hegemonía y el control de toda Europa y sus pueblos diversos. Cuando se habla de la unidad de Europa es preciso hablar de su identidad, de sus raíces. Pasaron los intentos de basar la unidad europea en la fuerza, o en una etnia o cultura. El debate es ahora más profundo y por eso no es casualidad que se haya convertido recientemente en cuestión fundamental la inclusión o no de una referencia a las “raíces cristianas de Europa” en el proyecto de constitución europea. Los espíritus despiertos saben que una vez alcanzada la unidad formal de Europa, el que sea su identidad cristiana o sea pagana, creyente o laicista, realista o relativista será fundamental a la hora de prolongar en uno u otro sentido esa idea de expansión que de manera vocacional llevan dentro de sí todos los europeos. Saben que no sería igual la expansión misional de una “nueva evangelización” (que todavía podría tener un puntal en la Iglesia europea), que esa otra especie de expansión misional del laicismo que es capaz de infiltrarse incluso en las clases dirigentes de muchos países árabes y que hace soñar a algunos con la inclusión de Turquía y otras naciones islámicas en un gran conglomerado relativista.
La batalla pues continúa. Europa sigue siendo - como nos enseña la historia que hemos repasado- esa parte del Planeta que está ocupada por cristianos y postcristianos y rodeada por países musulmanes. Europa sigue siendo una comunidad de naciones en búsqueda de su identidad. Dependiendo de la respuesta que seamos capaces de dar a esa identidad Europa será de una u otra manera. Europa será ella misma o será otra cosa. Y con ella todas las demás partes del mundo. Esa y no otra es la grandeza de Europa.
F. Javier Garisoain Otero
PUBLICADO EN LA REVISTA ARBIL Nº 89.Esp. 2005-02-20
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