jueves, 2 de marzo de 2006

Historia de las Javieradas

La primera javierada, o la gran javierada, fue la vida santa de quien hizo famoso el nombre de Javier por todo el mundo: San Francisco de Javier, cuyo quinto centenario se celebra el próximo viernes 7 de abril de 2006. A partir de ahí, lo que no era sino un pequeño castillo del reino de Navarra, se convirtió en la cuna visitable de alguien admirable. Y lo que pudo haber sido, como tantas otras fortalezas, una ruina nostálgica, llegó a ser finalmente, el castillo más altivo de entre los navarros. Grandes o pequeñas, siempre hubo peregrinaciones al castillo y pueblo de Javier. La mayor concentración que se recuerda es la que reunió en Javier, en 1886, a decenas de miles de navarros con ocasión de la última epidemia de cólera vivida en el siglo XIX. Hubo además otras ocasiones: familiares, esporádicas, jesuíticas, escolares, conmemorativas de cualquier centenario... Pero ninguna de ellas llegó a la categoría de "cita anual". Y ninguna se llamaba entonces "javierada".

La palabra "javierada" se la inventó un obispo navarro, don Marcelino Olaechea, para referirse a ese otro acontecimiento histórico que había hecho rebuscar en las páginas de Shakespeare a los eruditos el nombre del pequeño reino hispánico. "Navarra será el asombro del mundo" decía la cita del escritor inglés, sacada de contexto, que fue desempolvada y admirada, como una profecía cumplida, en los años dramáticos de 1936-1939. Por aquellos años apasionados, cuando los católicos españoles hablaban de "Cruzada" y creían en la ³Cruzada² la palabra javierada surgió fácilmente, por asociación de ideas, abusando de un sufijo que no indica mas que sobreabundancia. Cruz y cruzada. Javier y javierada. Inmediatamente después la javierada comenzó a ser -además- la peregrinación a Javier que se hace masivamente en cuaresma, dentro de la ³Novena de la Gracia² que comienza el 4 de marzo.

La entidad que institucionalizó desde 1940 la peregrinación anual a Javier es la Hermandad de Caballeros Voluntarios de la Cruz. Hermandad canónica, erigida por el citado Monseñor Olaechea y constituida por excombatientes navarros para "mantener el espíritu de la Cruzada" que habían vivido. Con ese mismo espíritu; abrigados del frío de marzo por los capotes de guerra convertidos en hábito; presididos por las mismas cruces que les habían acompañado en los frentes; así se iniciaron las javieradas. En los años siguientes otras instituciones y la diócesis de Pamplona en pleno se fueron sumando a una peregrinación nueva que parecía milenaria, y original y auténtica.

Las javieradas son una de las peregrinaciones más importantes de todas las que se celebran hoy en día en España, por cantidad de participantes y por hondura religiosa. Se parecen al camino de Santiago, pero son menos intimistas. Se parecen a un reto deportivo, pero son una expresión de fe. Se parecen a las romerías marianas que se multiplican en primavera, pero son más masculinas. El modelo de santidad de San Francisco de Javier, misionero, vigoroso, apostólico, impaciente, apasionado, impetuoso... ha sido y es todavía en Navarra un patrón vivo que se mantiene profundamente arraigado en el subconsciente familiar como prototipo del navarro. Todos los pueblos cristianos tienen su propio modelo. Son prototipos que forman un riquísimo abanico de virtudes y carismas. Los hay intelectuales, caritativos, místicos, pedagógicos, prudentes... los navarros de fe, desde la más tierna infancia, hemos sabido que nuestro modelo era el de un misionero fuerte y decidido.

No es casualidad, por tanto, que las javieradas se iniciaran hace ahora 66 años. Sin Javier y su patronazgo tan arraigado ¿qué hubiera sucedido en la Navarra de 1936?. En aquel momento dramático, el pueblo navarro, mayoritariamente, se levantó en armas contra el poder constituido. Soy consciente de cómo el tabú oficial impide el planteamiento de estas reflexiones. Pero lo que es indudable es que sin ese "alzamiento", claro está, no hubiera surgido en 1940 la idea de peregrinar a Javier en acción de gracias.

Son muchos los factores que pueden lanzar a un pueblo a sublevarse contra su gobierno. Pero uno de ellos, sin duda, es la existencia de brújulas como la que representa San Francisco Javier. Un modelo que ha influido y algo más: ha funcionado.

Javier Garisoain


PUBLICADO EN REVISTA ARBIL NUMERO 103

sábado, 30 de abril de 2005

CIUDADANOS O VECINOS

CIUDADANOS O VECINOS

Por F. Javier Garisoain Otero

Presidente de la Junta Carlista de Navarra (CTC)

El Gobierno de Navarra acaba de aprobar otro plan, la Estrategia Territorial de Navarra, con la que pretende dirigir el desarrollo de nuestra región durante los próximos veinticinco años. Ahora el Parlamento tendrá que dar su visto bueno y todo parece indicar que será una mera cuestión de trámite.

Estoy seguro de que se trata de un plan concienzudo y lleno de propuestas lógicas y bien calculadas. Pero temo que el éxito de la empresa que gestiona el Gobierno foral sea al mismo tiempo un suicidio político. Porque Navarra no es una empresa sino una comunidad política. Temo que nuestros gobernantes y legisladores estén olvidando que Navarra es un pueblo, una historia, una gente, una tradición y me preocupa que no piensen mas que en categorías de redes comerciales, entes administrativos, trámites burocráticos y energías que fluyen.

La ETN planifica, prevé y configura tres núcleos económicos bajo el concepto de “ciudad-región”: la comarca de Pamplona, el valle del Ebro y el “miniarco atlántico”. Es una forma como otra cualquiera de desarticular y desmembrar este viejo reino, porque la única ciudad-región netamente Navarra será una Pamplona desmesurada. A la estrategia economicista del Plan, por pura lógica económica, se le escapará el Noroeste hacia Guipúzcoa. Y se le disgregará la Ribera entre Logroño y Zaragoza. Las antiquísimas Merindades, que merecían haber sido amejoradas y no eliminadas, han sido definitivamente sustituidas por un esquema macrocefálico que coloca en Pamplona no sólo la cabeza sino el cuerpo entero de la Región. No solo la administración sino también la industria, el comercio, la cultura... la vida en fin.

El resto de comarcas, valles, cendeas y ayuntamientos navarros hasta donde alcance el magnetismo comercial de la Urbe quedarán, según la ETN, a merced y en función de una única ciudad-región. Como si no fueran mas que hojarasca muerta.

No digo que sea mala la intención de los planificadores. Hay que ordenar. Hay que prever. Hay que planificar. El problema de fondo es que los planes del gobierno trabajan con ciudadanos, no con vecinos. Con votos, no con opiniones. Con cantidades, no con calidades. El problema de fondo es que ese afán de los nuevos tecnócratas ilustrados coincide de hecho con la comodidad de una “ciudadanía” cada vez más apática. El problema, político, es que los ayuntamientos ya no son la reunión de los vecinos sino empresas que gestionan el nombre de cada localidad como si fuera una marca de ropa. El problema, social, es que los vecinos ya no quieren o no pueden ser vecinos y se acomodan en la condición de simples ciudadanos.

Vecindad o ciudadanía, esa es la cuestión. Llegar a ser un vecino responsable o conformarse con ser un ciudadano consumidor, esa es la elección que hemos de hacer cada uno. Ser un buen vecino es incómodo y tan difícil como ser libre, o sea, responsable. Hay que saludar a los demás, hay que echar raíces y ser patriota de la patria chica. Para ser un buen ciudadano en cambio basta con dejar hacer. ¡A quién le importa si un ciudadano está de paso, o si odia a la humanidad!. La ciudadanía de la que tanto hablan el presidente Rodríguez y casi todos los miembros de la clase política profesional responde a una concepción individualista con la que buscan, aunque no se atrevan a confesarlo, sustentar una especie de nuevo totalitarismo democrático sobre la masa desarticulada de ciudadanos cómodos. El concepto tradicional de vecindad que los carlistas nos atrevemos a contraponer como fundamento de cualquier estrategia territorial no piensa en masas sino en comunidades, no en individuos sino en personas.

Soy consciente de que nuestra propuesta es difícil e incómoda. Un vecino no lo espera todo del gobierno porque la mayoría de sus problemas los resuelve o los afronta en vecindad, subsidiarimente. En cambio el ciudadano no tiene mas que marcar el 092 para que venga la policía a resolver sus asuntos “que para eso les pagamos”. Es más fácil ser ciudadano que vecino. Pero también las piedras sufren menos que las personas. Y el caso es que han decidido -dicen que por nuestro bien- que seamos piedras. ¿Es eso lo que queremos?

30 de abril de 2005

PUBLICADO EN AHORA INFORMACIÓN

domingo, 20 de febrero de 2005

El Islam, padre de Europa

Es el Islam real y concreto que arraigado en las fronteras de Europa hizo que la Cristiandad se identificara sobre el mapa - de hecho y a la fuerza- con el continente Europeo. Es el Islam, un enemigo común al que la Europa acorralada y frustrada se enfrentó en la Reconquista española, en las Cruzadas, en Viena, en Lepanto. Es el Islam, padre a su pesar de la Europa cristiana.


Introducción

¿Es Europa algo más que un hecho jurídico? ¿algo más que una definición geográfica? ¿algo más que un montón de papeles? ¿existe una identidad europea? ¿ha existido alguna vez? ¿cuándo nació Europa? ¿es Europa algo más que la voluntad coyuntural de algunos políticos de los siglos XX y XXI? ¿dónde empieza y dónde termina Europa? ¿qué es lo que empieza allí donde Europa termina? ¿qué ciudad debiera ser su capital? ¿hasta dónde llega la tierra europea? ¿por qué son europeos los bosnios musulmanes? ¿por qué son europeos los canarios? ¿por qué no son europeos los blancos estadounidenses? ¿por qué no son europeos todos los rusos? ¿son europeos los esquimales? ¿son europeos los gitanos?

Estas y algunas otras preguntillas intrascendentes son las que me vienen a la cabeza al pensar sobre Europa como “comunidad de valores y orden jurídico” y en las dos o en las mil caras en que se descompone. Hagamos algunas reflexiones haciendo cinco estaciones en la Historia para tratar de llegar a alguna conclusión.

Europa es un continente... Bueno, un subcontinente
La prehistoria. Dentro de las tierras emergidas Europa no es más que el gran apéndice occidental del gran continente euroasiático. Es una “península de penínsulas” caracterizada por una enorme diversidad geográfica. Antes del Neolítico y mucho tiempo después aquella variedad geográfica era variedad de lenguas, razas, culturas, formas de vida, etc. ¿En qué momento alcanzan las tierras de este subcontinente algo parecido a la unidad? La respuesta no solamente afecta a Europa sino a tal cantidad de tierras cartográficamente extraeuropeas que es fácil volver a insistir en lo que ya sabíamos: que Europa es algo más que un continente. Groenlandia, Turquía, Las islas del Atlántico, toda Rusia, el norte de Africa, y de alguna manera todas las ex-colonias europeas son o han sido de una u otra forma tan “europeas” como Estrasburgo. Es importante recordar los tremendos problemas de coherencia geográfica que surgen cuando intentamos hacer mapas de Europa. ¿Por qué íbamos a decir “Europa, sé tu misma” si Europa fuera sólo un continente? Nadie le dice “sé tu misma” a una piedra. Si le pedimos que sea ella misma es porque reconocemos que hay algo más.

Roma no era la capital de Europa
Roma. La romanidad no inventó Europa. El imperio de los romanos supo aglutinar pueblos diversos bajo la tolerancia del panteón pagano y mediante la mano dura del Derecho y las legiones. Pero aquellos pueblos que por las buenas o por las malas tuvieron su capital en la ciudad eterna no se hicieron europeos sino mediterráneos. Los de la orilla norte eran europeos según los criterios de la geografía física aunque ese detalle decía poco en aquel tiempo. Había en el mundo clásico romanos muy romanos en Anatolia y en Hispania. Lo mismo de romanos en Túnez que en Croacia. Cuando llegó el momento de la división en dos de aquel gran imperio no se separaron los Europeos de los Asiáticos; ni los Europeos de los Africanos. Todo el imperio se desgajó en dos partes: Oriente y Occidente; Roma y Bizancio. Ambas partes igualmente “europeas”, ambas igualmente mediterráneas. El latín se había extendido hacia el norte, lo mismo que hacia el sur; y no pasó de los “limes” del Rin y el Danubio: le faltaba todavía mucho para llegar a ser la “lengua europea” que mucho después llegaría a ser.

Tampoco los cristianos pensaban en Europa
El Cristianismo. En el tiempo que va desde la caída del Imperio Romano de Occidente y la expansión fulgurante del Islam los misioneros cristianos ocuparon y sobrepasaron con creces las fronteras del viejo mundo grecorromano. Eran transmisores de un Evangelio llamado a impregnar todas las culturas y que no trataba por ello de establecer una única cultura común. La Cristiandad, conjunto de pueblos cristianizados, - incluidos los que fueron víctimas de las herejías de moda como el arrianismo -, crecía por el norte entre los pueblos bárbaros, y si algo detenía su avance por el sur era el desierto africano. En Armenia, en Egipto, en Túnez, hasta en la India... cristianos como San Agustín vivían con los mismos valores, los mismos ideales y los mismos problemas que sus hermanos de la Europa más europea. Tampoco fue la Cristiandad la que inventó Europa. Después de la Resurrección de Jesús la noticia evangélica se encaminó lo mismo a Oriente que a Occidente, al Norte que al Sur, a Europa que a los demás continentes. Santiago el Mayor, el apóstol del “primer itinerario europeo”, ni pretendió ni dejó de pretender la unidad cristiana de Europa. San Pedro acabó sus días en Roma buscando desde la Urbe simplemente una mayor eficacia en su predicación. Era la capital del mundo -no de Europa- y es por eso que se afincó allí la cabeza de la Iglesia.

¿Es el Islam el padre de Europa?
El Islam. Y llegamos por fin al punto en el que trataremos de explicar el título que encabeza la comunicación y el capítulo. Ahí va una batería de preguntas que desemboca en una única respuesta. ¿En qué momento histórico la Europa geográfica llegó prácticamente a coincidir con la Europa cristiana? ¿Qué fenómeno es el que casi borró el cristianismo al sur y al este del Mediterráneo? ¿Por qué la expansión natural de los misioneros europeos continuó hasta los confines del Círculo Polar y se adentró entre los pueblos eslavos pero retrocedió y no pudo avanzar ni por Africa ni por Oriente medio? ¿Qué es lo que obligó a los cristianos a permanecer asentados y como “encerrados” en el subcontinente europeo sin posibilidad de expandirse por Persia, por la India, por China? ¿Qué obstáculo presente en las fronteras al sur y al este de Europa no pudo impedir en cambio la evangelización de todo el continente Americano? ¿Por qué la conquista y colonización de América supuso de forma natural su paralela evangelización? ¿Por qué América e incluso Oceanía son considerados parte de “Occidente”? La respuesta es siempre el Islam. El Islam entendido no sólo como la religión de los musulmanes; no sólo como una doctrina que pretende ser superación del cristianismo y culminación de la Revelación; no sólo como unas creencias o ritos diferentes a los de los cristianos. Es el Islam como concreción política, territorial y casi nacionalista de una filosofía de vida. Es el Islam real y concreto que arraigado en las fronteras de Europa hizo que la Cristiandad se identificara sobre el mapa - de hecho y a la fuerza- con el continente Europeo. Es el Islam, un enemigo común al que la Europa acorralada y frustrada se enfrentó en la Reconquista española, en las Cruzadas, en Viena, en Lepanto. Es el Islam, padre a su pesar de la Europa cristiana.

Europa, Laicista o Creyente, es siempre “Católica”
La Expansión Misional. La vigorosa y rápida propagación del Islam en sus primeros años contrasta con su posterior estancamiento. Estancamiento que afecta no solo al dominio territorial sino también al desarrollo social, cultural, literario, artístico y científico de los países musulmanes. En cambio la expansión de Europa en todos los órdenes hizo que pasando por encima del mundo islámico -y haciéndolo retroceder en ocasiones como en España o en Grecia- evangelizara América, dominara todos los mares, conquistara y explotara las riquezas de medio mundo convertido en colonias... Todo ello, incluso con lo que conlleva de pecado (herejías, abusos, injusticias, opresión, guerras, liberalismo, filosofías apóstatas...) demuestra la fecunda y auténtica vocación “católica” de Europa. Un catolicismo o universalismo que impelía a los europeos a misionar o a conquistar, pero siempre a expandirse. Inquietos en sus pequeñas penínsulas, consumidos en guerras intestinas y abrumados por una riqueza cultural y material desbordante, los europeos inventaron la globalización católica, la universalidad. Los que tenían fe no luchaban por una cristiandad europea sino universal. Y lo más sorprendente es que los que a partir del siglo XVI fueron trastocando o perdiendo esa fe cristiana por culpa de las revoluciones protestantes y liberales ni trastocaron ni perdieron ese anhelo de universalidad que había sido inculcado en ellos por los primeros evangelizadores de Europa.

Conclusiones
Creo que puedo explicar el tratamiento conjunto e indiferenciado que acabo de hacer de creyentes y apóstatas; de jacobeos y jacobinos; de la Iglesia y la masonería. En ese sentido la Europa de los últimos doscientos o tal vez quinientos años es una permanente guerra civil; tiene dos caras, una cara y una cruz antagónicas, enfrentadas, que se simultanean y que luchan por conseguir la hegemonía y el control de toda Europa y sus pueblos diversos. Cuando se habla de la unidad de Europa es preciso hablar de su identidad, de sus raíces. Pasaron los intentos de basar la unidad europea en la fuerza, o en una etnia o cultura. El debate es ahora más profundo y por eso no es casualidad que se haya convertido recientemente en cuestión fundamental la inclusión o no de una referencia a las “raíces cristianas de Europa” en el proyecto de constitución europea. Los espíritus despiertos saben que una vez alcanzada la unidad formal de Europa, el que sea su identidad cristiana o sea pagana, creyente o laicista, realista o relativista será fundamental a la hora de prolongar en uno u otro sentido esa idea de expansión que de manera vocacional llevan dentro de sí todos los europeos. Saben que no sería igual la expansión misional de una “nueva evangelización” (que todavía podría tener un puntal en la Iglesia europea), que esa otra especie de expansión misional del laicismo que es capaz de infiltrarse incluso en las clases dirigentes de muchos países árabes y que hace soñar a algunos con la inclusión de Turquía y otras naciones islámicas en un gran conglomerado relativista.

La batalla pues continúa. Europa sigue siendo - como nos enseña la historia que hemos repasado- esa parte del Planeta que está ocupada por cristianos y postcristianos y rodeada por países musulmanes. Europa sigue siendo una comunidad de naciones en búsqueda de su identidad. Dependiendo de la respuesta que seamos capaces de dar a esa identidad Europa será de una u otra manera. Europa será ella misma o será otra cosa. Y con ella todas las demás partes del mundo. Esa y no otra es la grandeza de Europa.

F. Javier Garisoain Otero

PUBLICADO EN LA REVISTA ARBIL Nº 89.Esp. 2005-02-20

jueves, 9 de septiembre de 1999

EL TESTAMENTO DE ISABEL LA CATÓLICA

EL TESTAMENTO DE ISABEL LA CATÓLICA
Medina del Campo. 12 de octubre y 23 de noviembre de 1504

- por F. Javier Garisoain -

El testamento de la reina Isabel la Católica es uno de esos documentos que ponen, en el mar de los archivos históricos, un punto de referencia. Una señal indicadora de una dirección.
¿Quién lo redactó realmente? ¿Qué influencias literarias, filosóficas o espirituales, podrían rastrearse en él? Mucho se ha escrito sobre este documento. Hay teorías para todos los gustos. Lo que es indiscutible es que sus páginas son coherentes con la voluntad y las acciones de una reina excepcional. Además, en gran medida, traslucen el espíritu que impulsó las obras de la Monarquía Católica a lo largo de dos siglos.
Todos los autores que han estudiado este documento destacan la serenidad y lucidez de la reina en su lecho de muerte, la firmeza de su fe religiosa y la claridad de un programa político que podría resumirse en cuatro principios:
- La unidad de los estados peninsulares
- La conservación del Estrecho y la expansión cristiana en Africa.
- El gobierno justo de los pueblos americanos recién descubiertos
- El ideal de una monarquía empeñada en la reforma católica de la Iglesia
En torno a estos principios es donde se conforma, ya en el siglo XVI, lo que el historiador Tarsicio de Azcona ha llamado una “como conciencia nacional”.

1. Invocación a Dios y a los santos de su devoción

En unos pocos años, antes de su enfermedad definitiva, la reina Isabel asiste a graves desgracias familiares, -muertes, enfermedades- que amenazan con provocar graves conflictos sucesorios y con arruinar los principales logros de su reinado. La invocación inicial con la que se inicia el testamento era una fórmula habitual en esta clase de documentos. Sin embargo la perfección del estilo y la sinceridad que trasmite (como todo el documento) reflejan un claro anhelo de renovación religiosa y la búsqueda de unos modelos espirituales muy concretos. Por otra parte leer esta galería devota es contemplar todo un plan iconográfico para el arte español del Siglo de Oro: La Santísima Trinidad, Nuestra Señora de Los Angeles, San Miguel, San Gabriel, San Juan Bautista, San Pedro y San Pablo, San Juan Evangelista, el Juicio Final, Santiago Apóstol, San Francisco de Asís, San Jerónimo, Santo Domingo, Santa María Magdalena...

“En el nombre de Dios todo poderoso, Padre e Hijo e Espíritu Santo, tres Personas e una esencia Divinal, Criador e Gobernador universal del Cielo e de la Tierra e de todas las cosas visibles e invisibles: e de la gloriosa Virgen Santa María su Madre, Reina de los Cielos e Señora de los Angeles, nuestra Señora e abogada: e de aquel muy excelente Príncipe de la Iglesia e Caballería Angelical, San Miguel: e del glorioso mensajero celestial, Arcángel San Gabriel: e a honra de todos los Santos e Santas de la Corte del Cielo, especialmente aquel muy santo Predicador e Pregonero de Nuestro Señor Jesucristo San Juan Bautista: e de los muy bienaventurados Príncipes de los Apóstoles, San Pedro e San Pablo, con todos los otros Apóstoles, señaladamente el muy bienaventurado San Juan Evangelista, amado discípulo de Nuestro Señor Jesucristo, e Aguila caudal y esmerada, a quien sus más altos misterios e secretos muy altamente reveló, e por su hijo especial a su muy gloriosa Madre dió al tiempo de su Santa Pasión, encomendando muy conveniblemente la Virgen al Virgen, al cual Santo Apóstol y Evangelista yo tengo por mi Abogado especial en esta presente vida, e así lo espero tener en la hora de mi muerte y en aquel muy terrible día del Juicio y estrecha examinación, e más terrible contra los poderosos, cuando mi ánima será presentada ante la silla e trono del Juez Soberano, muy justo e muy igual, que según nuestros merecimientos a todos nos ha de juzgar, en uno con el Bienaventurado y digno hermano suyo, el Apóstol Santiago, singular y excelente Padre y Patrón de estos mis Reinos, e muy maravillosa e misericordiosamente dado a ellos por Nuestro Señor por especial Guardador e Protector, e con el Seráfico confesor, Patriarca de los Pobres e Alférez maravilloso de Nuestro Señor Jesucristo, padre otrosí mío y muy amado, y especial Abogado, padre San Francisco, con los confesores gloriosos e grandes amigos de Nuestro Señor, San Jerónimo, Doctor glorioso, e Santo Domingo, que como luceros de la tarde, resplandecieron en las partes occidentales de aquestos mis reinos, a la víspera e fin del mundo; en los cuales y en cada uno de ellos yo tengo especial devoción, e con la bienaventurada Santa María Magdalena, a quien asimismo yo tengo por mi abogada, porque así como es cierto que habemos de morir, así nos es incierto cuándo y dónde moriremos; por manera que debemos vivir e así estar aparejados como si en cada hora hubiésemos de morir. (...)”

2. Protestación de fe católica

Tras la clásica enumeración de títulos propia de aquella monarquía plural, hace la Reina según las formulas testamentarias al uso una ejemplar “protestación” o manifestación de fe católica. Luis Suárez Fernández, uno de los mejores biógrafos de la reina, encuentra en el testamento “muchos aspectos del profundo sufrimiento interior que la reina soportó desde 1502”. Sin embargo, la confianza en la Divina Providencia que trasmite el texto, así como el tono sereno con que está escrito, difuminan grandemente todo dramatismo.

“Estando enferma de mi cuerpo de la enfermedad que Dios me quiso dar, e sana e libre de mi entendimiento, creyendo e confesando firmemente todo cuanto la Santa Iglesia Católica de Roma tiene, cree o confiesa e predica, señaladamente los siete artículos de la Divinidad e los siete de la Santa Humanidad, según se contiene en el Credo e Símbolo de los Apóstoles y en la exposición de la Fe Católica del gran Concilio Niceno, que la Santa Madre Iglesia continuamente confiesa, canta y predica; y los siete Sacramentos de ella; en la cual Fe e por la cual Fe estoy aparejada para por ella morir, e lo recibiría por muy singular y excelente don de la mano del Señor, e así lo protesto desde ahora e para aquel artículo postrero, de vivir e de morir en esta Santa Fe Católica; e con esta protestación ordeno esta mi carta en esta manera de testamento e postrimera voluntad, queriendo imitar al buen rey Ezequías, queriendo disponer de mi casa como si luego la hubiese de dejar.”

3. Recomendación del alma

Aún añade el testamento otro párrafo de contenido netamente religioso en el que hace una perfecta catequesis que rebosa agradecimiento, súplica humilde ante la certeza del juicio, y un alma consciente de su propia responsabilidad como reina.

“E primeramente encomiendo mi espíritu en las manos de Nuestro Señor Jesucristo, el cual de nada lo crió e por su preciosa sangre lo redimió, e puesto por mí en la Cruz el Suyo, el Cual encomendó en las manos de su Eterno Padre, al Cual conozco e confieso que me debo toda, por los muchos e inmensos beneficios generales que a todo el humano linaje, e a mí, como un pequeño individuo, ha hecho, e por los muchos e singulares beneficios particulares que yo, indigna e pecadora, de su infinita bondad e inefable largueza, por muchas maneras en todo tiempo he recibido, e de cada día recibo, los cuales sé que no basta mi lengua para los acabar de contar, ni mi flaca fuerza para los agradecer, ni aun como el menor de ellos merece; mas suplico a su infinita piedad quiera recibir aquesta confesión de ellos, a la buena voluntad e por aquellas entrañas de su misericordia, en que nos visitó naciendo de lo alto, e por muy Santa Encarnación e Natividad, e Pasión, e Muerte, e Resurrección, e Ascensión, e Advenimiento del Espíritu Santo Paráclito, e por todo los otros muy santos Misterios, le plaga de no entrar en juicio con su sierva, mas haga conmigo según aquella gran misericordia suya, e ponga su Muerte e Pasión entre su juicio e mi alma, e si ninguno ante El se puede justificar, cuando menos los que de grandes Reinos y Estados hemos de dar cuenta, e intervengan por mí ante su clemencia los muy excelentes méritos de su muy gloriosa Madre, e de los otros sus Santos e Santas e Abogados, especialmente mis devotos y especiales Patrones y Abogados, Santos suso nombrados con el susodicho bienaventurado Príncipe de la Caballería Angelical, el Arcángel San Miguel, el cual quiera mi alma recibir e amparar e defender de aquella bestia cruel e antigua serpiente, que entonces me querrá tragar, e no le deje hasta que por la Misericordia de Dios Nuestro Señor sea colocada en aquella gloria para que fue creada.”

4. Mandas sobre exequias y sepultura

Dos ideas podemos resaltar de las “mandas” en las que la Reina habla de su propia sepultura (además de la petición de unas exequias “sin demasías”). Por una parte la elección de la Ciudad de Granada, símbolo de la plena reconquista peninsular, como lugar preferido para su enterramiento. Por otra, la cariñosa alusión al Rey Fernando y el deseo de reencontrarse con él en el Cielo.

“E quiero e mando que mi cuerpo sea sepultado en el Monasterio de San Francisco, que es en la Alhambra de la Ciudad de Granada, siendo de religiosos o de religiosas de la dicha Orden, vestida en el hábito del bienaventurado pobre de Jesucristo, San Francisco, en una sepultura baja, que no tenga bulto alguno, salvo una losa baja en el suelo, llana, con sus letras esculpidas en ella; pero quiero e mando que si el Rey, mi señor, eligiere sepultura en otra cualquier iglesia o Monasterio de cualquier otra parte o lugar de estos mis Reinos, que mi cuerpo sea allí trasladado e sepultado junto al cuerpo de Su Señoría, porque el ayuntamiento que tuvimos viviendo, y en nuestras almas, espero en la misericordia de Dios, tornar a que en el Cielo lo tengan, e representen nuestros cuerpos en el suelo. E quiero e mando que ninguno vista jerga por mí, y que en las exequias que se hicieran por mí, donde mi cuerpo estuviese, se hagan llanamente, sin demasías, e que no haya en el bulto gradas, ni capiteles, ni en la Iglesia entoldaduras de lutos, ni demasía de hachas, salvo solamente trece hachas de cada parte en tanto que se hiciere el Oficio Divino, e dijeran las misas e vigilias los días de las exequias, e lo que se había de gastar en luto para las exequias, se convierta e dé en vestuario a los pobres, e la cera que en ellas se había de gastar sea para que arda ante el Sacramento en algunas Iglesias pobres, donde a mis testamentarios bien visto fuere (...)”.

5. Mandas sobre pago de deudas y cargos pendientes, Misas y limosnas

Continúa la catequesis también en las mandas que se refieren al pago de deudas y cargos pendientes. En su última voluntad quiere la reina dar ejemplo de caridad. Vestir al desnudo, redimir al cautivo, socorrer al pobre... son obras de misericordia que se mezclan con otras más desacostumbradas en nuestros días, como ¡las veinte mil misas que encarga!

“Item mando, que ante todas las cosas sean pagadas las deudas e cargos, así de empréstitos como de raciones e quitaciones e acostamientos e tierras e tenencias, e sueldos e casamientos de Criados e Criadas, e descargos de servicios e de otros cualesquier calidad que sean, que se hallaren yo deber, allende de las que dejo pagadas, las cuales mando que mis testamentarios averigüen y paguen e descarguen dentro del año que yo falleciese, de mis bienes muebles; e si dentro del año no se pudiere acabar de pagar e cumplir, lo cumplan e paguen pasado dicho año lo más pronto que ser pudiere, sobre lo cual les encargo sus conciencias, e si los dichos bienes para ello no bastaren, mando que las paguen de la renta del Reino, que por ninguna necesidad que se ofrezca no dejen de pagar e cumplir el dicho año, por manera que mi alma sea descargada de ellas, e los Concejos e personas a quien debieren sean satisfechos e pagados enteramente de todo lo que les fuere debido; e si las rentas de aquel año no bastaran para ello, mando que mis testamentarios vendan de las rentas del Reino de Granada, los maravedís de por vida que vieren ser menester para lo acabar todo de cumplir e pagar e descargar.
Item mando, que después de cumplidas y pagadas las dichas deudas se digan por mi alma en Iglesias y Monasterios Observantes de mis Reinos, veinte mil misas a donde los dichos mis testamentarios pareciere que devotamente se dirán, e que les sea dado en limosnas lo que a los dichos testamentarios bien visto fuere.
Item mando, que después de pagadas las dichas deudas, se distribuya un cuento de maravedís para casar doncellas menesterosas, y otro cuento de maravedís para que puedan entrar en religión algunas doncellas pobres que en aquel santo estado querrán servir a Dios.
Item mando, que además y allende de los pobres que se había de vestir de lo que se debía de gastar en las exequias, sean vestidos doscientos pobres, por que sean especiales rogadores a Dios por mí; y el vestuario sea cual mis testamentarios vieren que cumple.
Item mando, que dentro del año que yo falleciere sean redimidos doscientos cautivos, de los necesitados, de cualesquier que estuvieren en poder de los infieles, porque Nuestro Señor me otorgue jubileo e remisión de todos mis pecados e culpas, la cual redención sea hecha por persona digna e fiel, cual mis testamentarios para ello disputaren.
Item mando, que se de en limosna para la Iglesia Catedral de Toledo e para Nuestra Señora de Guadalupe, e para las otras mandas pías acostumbradas, lo que bien visto fuere a mis testamentarios. (...)”

6. Prohibición de enajenación de Gibraltar

Comienza en esta manda, que pide el control real de Gibraltar, el contenido más político del testamento. No es casualidad esta referencia a la plaza del Estrecho, (doscientos años antes de la ocupación inglesa). Isabel I es la reina que termina la Reconquista y vuelve -teóricamente- al estado de cosas del reino visigodo. Es comprensible, pues, que pesara en ella la idea amenazante de la “pérdida de España” del 711. Frente al peligro real de una “contrarreconquista” musulmana el control del Estrecho, e incluso la prolongación de la Reconquista por el Norte de Africa, van a ser la mejor garantía de una victoria irreversible.

“Item, porque el dicho Rey Don Enrique, mi hermano, a causa de las dichas necesidades hubo hecho merced a don Enrique de Guzmán, Duque de Medinasidonia, difunto, de la ciudad de Gibraltar con su fortaleza, e vasallos, e jurisdicción, e tierra, e términos, e rentas, e pechos, e derechos, e con todo lo otro que le pertenece; e Nos, viendo el mucho daño e detrimento que de la dicha merced redundaba a la dicha Corona e Patrimonio Real de los dichos mis Reinos, e que la dicha merced no tuvo lugar, ni se pudo hacer de derecho por ser como es la dicha ciudad de la dicha Corona e Patrimonio Real, e uno de los títulos de estos mis Reinos, hubimos revocado la dicha merced, e tornado, e restituido, e reintegrado la dicha ciudad de Gibraltar con su fortaleza e vasallos, e jurisdicción, según que ahora está en ella reincorporado e la dicha restitución e reincorporación fue justa e jurídicamente hecho: por ende mando a la dicha Princesa, mi hija, e al dicho Príncipe, su marido, e a los Reyes que después de ella sucederán en estos mis Reinos, que siempre tengan en la Corona e Patrimonio Real de ellos la dicha ciudad de Gibraltar, con todo lo que le pertenece, e no la den ni enajenen, ni consientan dar ni enajenar cosa alguna de ella. (...)”

7. Afirmación de la suprema jurisdicción real ante posibles abusos nobiliarios

Otra de las características propias del reinado de los Reyes Católicos es el fortalecimiento del poder real frente al de los nobles. El nacimiento de un primitivo “Estado central” frente a la amenaza permanente de la anarquía nobiliaria. Efectivamente, esa vuelta a la anarquía estuvo a punto de suceder cuando faltó la reina. Pero la Providencia tenía otros proyectos para la Monarquía hispánica: el amor del pueblo a la memoria de Isabel, la habilidad del rey Fernando, y la muerte imprevista de Felipe el Hermoso, llevaron al trono de Castilla al joven Carlos I, el primero de los Austrias. Digno sucesor de su abuela Isabel.

“Item, por cuanto yo hube sido informada que algunos Grandes, e Caballeros, e personas de los dichos mis Reinos o señoríos por formas o manera exquisitas que no viniesen a nuestra noticia impedían a los vecinos e moradores de sus lugares e tierras que apelasen de ellos e de sus injusticias para ante Nos e nuestras Chancillerías, como eran obligadas, a causa de lo cual las tales personas no alcanzaban ni les era hecho cumplimiento de justicia, e de lo que de ello vino a mi noticia no lo consentí, antes lo mandé remediar como convenía, e si lo tal hubiese de pasar adelante sería en mucho daño e detrimento de la preeminencia Real e Suprema jurisdicción de los dichos mis Reinos, e de los Reyes que después de mis días sucederán, e de los súbditos e naturales de ellos: e porque lo susodicho es inalterable e imprescriptible, e no se puede alienar ni apartar de la Corona Real: por ende, por descargo de mi conciencia digo e declaro, que si algo de lo susodicho ha quedado por remediar, ha sido por no haber venido a mi noticia; e por la presente, de mi propio motu e cierta ciencia e poderío Real absoluto de que en esta parte quiero usar e uso, revoco, caso e anulo e doy por ninguno e de ningún valor y efecto cualquier uso, costumbre, e prescripción, e otro cualquier transcurso de tiempo, e otro remedio alguno que los dichos Grandes e Caballeros e personas cerca de lo susodicho hayan tenido e de que se podrían en cualquier manera aprovechar para lo usar en adelante. (...)”

8. Prohibición de dar oficios públicos o dignidades eclesiásticas a extranjeros

No siguió en cambio Carlos los prudentes consejos de la Reina en cuanto al nombramiento de funcionarios extranjeros. Esta parte del testamento de Isabel la Católica parece una profecía de lo que sería más adelante la guerra de las Comunidades de Castilla.

“Otrosí, considerando cuánto yo soy obligada de mirar por el bien común de estos mis Reinos e Señoríos, así por la obligación que como Reina y Señora de ellos les debo, como por los muchos servicios que de mis súbditos he recibido; e considerando asimismo la mejor herencia que puedo dejar a la Princesa e al Príncipe, mi hijo, es dar órdenes como mis súbditos e naturales les tengan el amor e les sirvan lealmente, como al Rey, mi Señor, e a mí han servido, e que por las leyes e ordenanzas de estos dichos mis Reinos, hechas por los Reyes, mis progenitores, está mandado que las Alcandías, e Tenencias e Gobernaciones de las ciudades e villas e lugares e oficios que tienen aneja jurisdicción alguna en cualquier manera, e los oficios de la Hacienda e de la Casa e Corte, e los oficios mayores del Reino, e los oficios de las ciudades e villas e lugares de El, no se den a extranjeros, así porque no sabrían regir ni gobernar según las leyes e fueros e derechos e usos e costumbres de estos mis Reinos, como porque las ciudades e villas e lugares donde los tales extranjeros hubieren de regir e gobernar, no serán bien regidas e gobernadas, e los vecinos e moradores de ellos no serían de ello contentos, de donde cada día se recrecerían muchos escándalos e desórdenes e inconvenientes, de que Nuestro Señor sería deservido, e los dichos mis Reinos, e los vecinos e moradores de ellos recibirían mucho daño e detrimento; e viendo cómo el Príncipe, mi hijo, por ser de otra nación e de otra lengua, si no se conformase con las dichas Leyes e Fueros e costumbres de estos mis Reinos, e él e la Princesa, mi hija, no les gobernasen por las dichas Leyes e Fueros e usos e costumbres, no serán obedecidos como deberían; e podrían de ellos tomar algún escándalo e no tenerles el amor que yo querría que les tuviesen, para con todo servir mejor a Nuestro Señor e gobernarlo mejor y ellos poder ser mejor servidos de sus vasallos. (...)
Otrosí, por cuanto a los Arzobispados e Obispados, e Abadías e Dignidades e Beneficios eclesiásticos e los Maestrazgos e Priorazgo de San Juan, son mejor regidos e gobernados por los naturales de los dichos Reinos y Señoríos e las Iglesias mejor servidas e aprovechadas: mando a la dicha Princesa e al dicho Príncipe, su marido, mis hijos, que no presenten en Arzobispados, ni Obispados, ni Abadías, ni Dignidades, ni otros Beneficios eclesiásticos, ni algunos de los Maestrazgos e Priorazgos a personas que no sean naturales de estos mis Reinos. (...)”

9. Mandas sobre la defensa de la Iglesia y la Fe católica, y de los fueros y libertades

El testamento recoge, como venimos diciendo, el verdadero espíritu católico que hizo posible la España de los Austrias. En el párrafo siguiente muestra la reina Isabel a sus sucesores los dos límites que, en la monarquía tradicional, deben encauzar la responsabilidad del rey. Por arriba, la “honra de Dios e de su Santa Fe”, y por abajo la guarda de todas las “libertades” que garantizan la pervivencia de una sociedad de hombres libres.

“E ruego e mando a dicha Princesa, mi hija, e al dicho Príncipe, su marido, que, como católicos Príncipes, tengan mucho cuidado de las cosas de la honra de Dios e de Su Santa Fe, celando e procurando la guarda e defensa e ensalzamiento de ella, pues por ella somos obligados a poner las personas e vidas e lo que tuviéramos, cada que fuese de menester: e que sean muy obedientes a los mandamientos de la santa Madre Iglesia, e protectores e defensores de ella, como son obligados, e que no cesen de la conquista de Africa e de pugnar por la fe contra los infieles; e que siempre favorezcan mucho las cosas de la Santa Inquisición contra la herética pravedad; e que guarden e hagan guardar a las Iglesias e Monasterios e Prelados, e Maestres e Ordenes e Hidalgos, e a todas las ciudades e villas e lugares de los dichos mis Reinos y Señoríos, todos sus privilegios e franquicias e mercedes e libertades e fueros e buenos usos e buenas costumbres que tienen de los Reyes pasados e de Nos, según que mejore más cumplidamente les fueron guardados den los tiempos hasta aquí. (...)”

10. Mandas sobre el reparto de joyas y otros bienes muebles

Hay quien se esfuerza por ver en el testamento de Isabel tan sólo intrigas cortesanas. Tal es el caso del frío historiador J.N. Hillgart para quien el único afán de la reina sería privar de la corona a su yerno Felipe de Austria. Para algunos historiadores todo su trabajo parece que consiste en desenmascarar el puro interés material, la intriga ambiciosa y la casualidad. Un historiador cristiano, en cambio, y más ante personajes como Isabel la Católica, sabe descubrir en el pasado gestos profundamente humanos, palabras prudentes, y designios de la Providencia. Por ejemplo, Cesar Silió encuentra en la siguiente parte del Testamento una “tierna y delicadísima excitación -de Isabel- a que el Rey enmendase su vida”.

“Item mando, que se den e tornen al dicho Príncipe e Princesa, mis hijos, todas las joyas que ellos me han dado; e que se de al Monasterio de San Antonio de la Ciudad de Segovia la Reliquia que yo tengo de la saya de Nuestro Señor; e que todas las otras reliquias mías que se den a la Iglesia Catedral de la Ciudad de Granada.
E para cumplir e pagar todas las deudas e cargos susodichos, e las otras mandas e cosas en este testamento contenidas, mando que mis testamentarios tomen luego e distribuyan todas las cosas que yo tengo en el Alcázar de Segovia, e todas las ropas e joyas e otras cosas de mi Cámara e de mi persona, e cualquier otros bienes muebles que yo tengo, donde pudieran ser habidos, salvo los ornamentos de mi Capilla, sin las cosas de oro e plata que quiero e mando sean llevadas e dadas a la Iglesia de la Ciudad de Granada. E suplico al Rey, mi Señor, se quiera servir de todas las dichas joyas e cosas o de lo que más a su Señoría agradaren, porque viéndolas pueda tener más continua memoria del singular amor que a Su Señoría siempre tuve; y aun por que siempre se acuerde que ha de morir y que lo espero en el otro siglo y con esta memoria pueda más santa e justamente vivir. (...)
E cumplido este mi testamento e cosas en él contenidas mando que todos los otros mis bienes muebles que quedaren se den a Iglesias e Monasterios para las cosas necesarias al culto divino del Santo Sacramento, así para la custodia e ornato del Sagrario e las otras cosas que a mis testamentarios paresciere; e asimismo se den a Hospitales, e a pobres de mis Reinos e a criados míos si algunos hubiese pobres, como a mis testamentarios paresciere.”

11. Codicilo: encarecimiento del buen gobierno y trato a los indios de América

El Codicilo se añadió al cuerpo principal del testamento de Isabel el 23 de noviembre, tres días antes de su muerte, y se refiere a tres posibles abusos o fallos, sobre los que al parecer tuvo oportunidad de reflexionar la Reina antes de morir. En primer lugar hay un llamamiento a la necesidad de compilar las leyes y pragmáticas de Castilla y para ello se manda que se forme una junta de letrados. La intención ya estaba pues en Isabel, aunque no se hizo realidad hasta el reinado de su biznieto Felipe II. En segundo lugar el testamento expresa las dudas de la reina sobre la moralidad del impuesto de la alcabala. Si tenemos en cuenta que ése era entonces el principal recurso de la corona entenderemos la gravedad de la duda y la importancia de la reflexión, no resuelta, de la reina. Por último el asunto más destacado del codicilo es el que se refiere al trato de los indios americanos.
En 1502 no existía todavía el imperio hispanoamericano. Las Indias eran tan sólo una promesa cuya verdadera trascendencia se ignoraba. En su tiempo, los mismos Reyes Católicos no vieron en la empresa de Colón la cumbre de su reinado. Su obra máxima había sido, sin duda, la reconquista de Granada y no el patrocinio de las expediciones atlánticas. En cualquier caso, la reina Isabel expresa, en uno de sus últimos pensamientos como reina, una preocupación que será constante en los monarcas españoles y que va a diferenciar la labor civilizadora de España en América de otras colonizaciones europeas posteriores. La reina insiste en la concesión pontificia como fundamento legitimador de su soberanía en América y, consecuentemente, en la evangelización como tarea prioritaria de la Corona en aquellas tierras.

“(...) Item, por quanto al tiempo que nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas e Tierra firme del Mar Océano, descubiertas e por descubrir, nuestra principal intención fue al tiempo que lo suplicamos al Papa Alexandro Sexto, de buena memoria, que nos fizo la dicha concesión, de procurar inducir e traer los pueblos dellas e los convertir a nuestra Santa Fe Cathólica, e enviar a las dichas Islas e Tierra firme, Prelados e Religiosos e otras personas doctas e temerosas de Dios para instruir los vezinos e moradores dellas en la Fe Cathólica, e los enseñar e doctrinar buenas costumbres, e poner en ello la diligencia devida, según más largamente en las letras de la dicha concesión se contiene; por ende suplico al Rey mi Señor muy afectuosamente, y encargo y mando a la dicha Princesa mi fija e al dicho Príncipe su marido, que ansí lo fagan e cumplan e que este sea su principal fin, e que en ello pongan mucha diligencia, e no consientan ni den lugar que los Indios vecinos e moradores de las dichas Islas e Tierra firme, ganadas e por ganar, resciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien e justamente tratados, e si algún agravio han rescebido lo remedien e provean por manera que no se exceda en cosa alguna lo que por las letras Apostólicas de la dicha concessión nos es inyungido e mandado.(...)”.

Conclusión

La reina Isabel la Católica, llamando la atención por su personalidad y sus virtudes humanas y cristianas, ha despertado elogios y parabienes en muchos autores. El inglés W.H.Prescott, por ejemplo, comparó elogiosamente a nuestra Isabel con otra Isabel I, la triste reina de Inglaterra. No es extraño pues que se haya abierto el proceso de beatificación de la “Sierva de Dios” Isabel I de Castilla.
Pero tampoco resulta extraño que este proceso sea continuamente dinamitado por la incomprensión de nuestro tiempo. El mismo Prescott y otros autores no católicos consideran el establecimiento de la Inquisición en España o las ideas religiosas de la reina como un “borrón” en lo que podría haber sido una feliz biografía. Por desgracia, esta misma opinión se encuentra muy difundida en ciertos círculos eclesiales para quienes, por lo visto, se puede ser “liberal-católico” pero nunca “rey-católico”.
Además, en España, la figura de la reina Isabel se ha visto adulterada y empobrecida en tiempos recientes por cierta mitología castellanista que la evoca como precursora del estado nacional español. Fernando Vizcaíno Casas en su libro “Isabel, camisa vieja” hace una defensa muy documentada de la reina, pero le atribuye a la reina Católica una defensa de la unidad de España que resulta anacrónica.
La Historia de España es, a Dios gracias, pobre en mitos originarios. Los personajes que han marcado nuestra personalidad colectiva no son fantasmas legendarios ni extravagantes iluminados. Son personas de carne y hueso, como los reyes o los conquistadores de los siglos XVI y XVII. Santos de carne y hueso como, tal vez, Isabel de Castilla.

CRONOLOGÍA:
1451. 22 de abril. Nace Isabel en Madrigal de las Altas Torres.
1452. Nace Fernando de Aragón en Sos.
1469. Matrimonio de los Reyes Católicos.
1474. Proclamación de Isabel como reina de Castilla.
1474-1479. Guerra civil sucesoria en Castilla.
1483-84. Establecimiento del Consejo Supremo de la Inquisición en Castilla y Aragón.
1483-92. Guerra de Granada.
1492. Descubrimiento de América. Expulsión de los Judíos.
1493. Recuperación de La Cerdaña-Rosellón.
1494. Tratado de Tordesillas con Portugal.
1497. Conquista de Melilla.
1504. 12 de octubre. Firma del Testamento.
23 de noviembre. Firma del Codicilo.
26 de noviembre. Muerte de Isabel la Católica.
1512. Conquista de Navarra. Primeras Leyes de Indias (“encomiendas”).
1509-10. Toma de Orán, Argel y Bujía.
1516. Muerte de Fernando el Católico.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
* AZCONA, Tarsicio de. Isabel la Católica. Madrid, Sarpe, 1986. Biblioteca de la Historia de España.
* BIOGRAFIAS. Vol. VII. Entrada: Reyes Católicos.. Madrid, Espasa-Calpe, 1991.
* UN CARMELITA DESCALZO. Isabel la Católica, Sierva de Dios, por ---. Madrid, Talleres del Instituto Geográfico y Catastral, 1959. (Extracto del Testamento).
* AA.VV. Historia General de España y América, vol.V. Los Trastámara y la unidad española (1369-1517). Madrid, Rialp, 1981.
* PRESCOTT, W.H. Historia del Reinado de los Reyes Católicos D.Fernando y Dª.Isabel. Barcelona, Círculo de Amigos de la Historia. 1970.
* HILLGART, J.N. Los Reinos Hispánicos - 3. Los Reyes Católicos (1473- 1516). Barcelona, Guijalbo, 1984.
* SILIÓ CORTÉS, César. Isabel la Católica, fundadora de España. Madrid, Espasa-Calpe, 1973.
* VIZCAÍNO CASAS, Fernando. Isabel, camisa vieja. Barcelona, P###≈laneta, 1987.
* D’ORS, Eugenio. La vida de Fernando e Isabel. Barcelona, Juventud, 1982.
* SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis. Historia de España. Los Trastámara y los Reyes Católicos. Madrid, Gredos, 1985.

Publicado en CRISTIANDAD. 1999

lunes, 1 de mayo de 1995

HISTORIOGRAFIA RECIENTE SOBRE CARLISMO (1985-1995)

HISTORIOGRAFIA RECIENTE SOBRE CARLISMO (1985-1995)

El carlismo, el movimiento político contrarrevolucionario que mayor desarrollo alcan­zó de entre toda una serie de fenó­me­nos europeos simi­lares y coetáneos, levanta todavía pasio­nes y hace correr ríos de tinta. Así ocurre al menos entre los historiadores que, en algún momento de su carrera, se han acercado a estudiar­lo.

Desde que Jaime del Burgo Torres escribiera su conocida y monu­mental obra Bibliografía del siglo XIX, guerras carlistas y luchas políticas, cuya última revisión vió la luz en 1975, el car­lis­mo empezó a ser objeto de una importante cantidad de estudios y publicaciones de tipo histó­rico. Duran­te algunos años, al hilo de la revolución ideológi­ca liderada por Carlos Hugo de Borbón-Parma, se abrió camino una tendencia historio­gráfica marxista que "explicaba" el fenómeno car­lista como una especie de proto-socialismo español. En esa línea se inscri­ben las publicaciones de José Carlos Clemente, F.García Villa­rrubia, X.C.Barreiro o Jordi Canal.

Pero es desde mediados de los años ochenta, especial­mente a partir del nacimiento de la ya veterana Revista de Historia Con­temporá­nea APORTES, cuando tiene lugar un verdadero "redes­cubrimien­to" del car­lis­mo histó­rico.

En efecto, esta revista cuatrimestral, fundada y dirigida durante años por el profesor de la Universidad de Zaragoza Francisco Asín, a quien ha sucedido recientemente en el cargo el joven doctor y espe­cialista Alfon­so Bullón de Mendoza, ha actuado de catali­zador de nume­rosas investigaciones.

En el número 17 de APORTES, Margarita Vives Agurru­za recopilaba nada menos que 131 referencias de artículos publi­cados en revistas de histo­ria españolas entre los años 1981 y 1991. Esto nos da una idea del volumen de lo publicado sobre historia del carlismo, y más cuando debemos añadir a esa cifra los artícu­los que han visto la luz en los últimos cuatro años.

Por su parte, el conocido historiador Stanley G. Payne, en una confe­ren­cia pronun­ciada en Madrid en 1988, citaba como básicas para entender el primer carlismo dos obras de 1986 y 1984 respecti­vamente: Carlismo y sociedad de los ya nombra­dos Asín y Bullón, y The basque phase of Spain's first car­list war, de John Cover­dale (Univer­sidad de Prince­ton). La verdad es que nuestros conocimientos sobre la primera Guerra Carlista han avanzado enormemente en los últimos diez años gracias a profundos estudios regionales de historiadores como Josep Mª Mundet i Gifre o Manuel Lladonosa i Vall-Llebre­ra para Catalu­ña; Rosa María Lázaro o Renato Ba­rahona para Vas­congadas; Angel Ramón del Río Aldaz o Juan Pan-Montojo para Navarra; Francisco Asín para Aragón; M.A.Sánchez Gómez para Cantabria y también, por supuesto, gracias a los trabajos del mismo Alfon­so Bullón, entre ellos su extensa y práctica­mente definitiva obra La primera guerra carlista.

Otros aspectos y períodos de la historia del carlismo han sido también abordados por Julio Montero Díaz, doctor por la Uni­versidad de Navarra, en su tesis felizmente publicada y titu­lada El Estado Car­lista. Principios teóri­cos y práctica política (1872-1876)"; y por Manuel de Santa Cruz, que con sus Apuntes y docu­mentos para la historia del tradicionalis­mo español (32 Volúmenes que abarcan desde 1939 hasta 1966) ha puesto las bases para próximos estudios de historia reciente del carlismo que ya están en preparación.

Sobre pensamiento carlista destacamos el reciente y magnífico libro de la Dra. de la Universidad de Dallas, Ale­xandra Wilhelmsen, La formación del pensamiento político del carlismo (1810-1875), de consulta obligada a partir de ahora, y algunas tesis doctorales como la del joven mejicano Rodrigo de Val Martín sobre la filoso­fía política de Juan Vázquez de Mella o la de Margarita Santos sobre el tradiciona­lismo de Valle-Inclán.

En cuanto a la participación del carlismo en la Guerra de 1936-1939, el cincuenta aniversario de la misma animó sin duda la publicación de libros entre los que destacan los dos volú­menes de Julio Arós­tegui sobre las milicias de requetés, las diversas publicaciones de Rafael Casas de la Vega, y algunas imprescin­dibles biogra­fías individuales como la del requeté italiano Alfredo Ron­cuzzi o la de Javier Nagore Yárnoz. Como biografías colecti­vas po­dríamos citar la publica­ción de Salva­dor Nonell sobre el laureado tercio de requetés de Nuestra Señora de Montserrat o la historia del tercio riojano de Valvanera, de Manuel Bello­sillo.

Además, sobre historia del carlismo en general, se han publicado en los últimos años otros interesantes libros como el Cancionero histórico carlista de Bonifacio Gil; el libro de Jose Luis Vila-San Juan editado el pasado año por Planeta Los Reyes carlistas. Los otros borbones; la publicación que bajo el título genérico de Las guerras car­listas recoge las inter­venciones del Curso de Verano de El Esco­rial dirigido por Alfonso Bullón en 1992... Y qué mejor que cerrar este elenco historiográfico citando el último libro de Jaime del Burgo Torres: Carlos VII y su tiempo, leyenda y realidad presenta­do recientemente.

Todo este esfuerzo historiográfico y editorial no hubiera sido posible sin el apoyo y el empeño de varias entidades. Ya hemos desta­cado el papel de APORTES como elemento dinamizador de estos estu­dios, pero al hablar de APORTES hay que hablar también de la Edito­rial ACTAS y, trabajando en estrecha cola­boración con ésta, de la Fundación Luis Hernando de Larra­mendi que, nacida en 1988 viene otorgando un prestigioso premio anual de histo­ria del carlismo que ya va por su quinta convo­catoria.

Algunas instituciones públicas que están apoyando esta renovación de estudios sobre el carlismo son el Gobierno de Navarra, la Fundación Sancho el Sabio de Vito­ria, la Diputa­ción de Guipúzcoa y el Museo Zuma­lacárregui depen­diente de ésta. También está siendo fundamental en este sentido el res­paldo de diversas uni­versi­dades españolas, entre las que sobresalen la Universi­dad de Navarra, y la Universidad Complu­tense, que ha dedi­cado al tema dos Cursos de Verano en El Escorial (años 1992 y 1993); al igual que la Universidad americana de Madison-Wisconsin, organizadora en mayo de 1994 de un curso dirigido por Stanley G. Payne.

Por último, no podíamos dejar de citar la aportación de otros organismos como la Sociedad de Estudios Históri­cos de Navarra, entidad orga­nizadora de los Congresos Genera­les de Historia de Navarra; las Publicaciones de la Abadía de Montse­rrat y otras funda­ciones catalanas que tratan de promover estudios y museos sobre carlismo; o la recien nacida Fundación de Amigos de la Historia del Carlismo.

En definitiva, 162 años después, el carlismo sigue lla­mando la atención de los historiadores y es que, como dice Payne, representa algo más que "la gran causa perdida" del siglo XIX. Todavía está sin responder definitiva­mente el inte­rrogante: "¿cuánto ha influído el Carlismo de un modo efectivo en la España contemporánea?".

F. Javier Garisoain Otero
Mayo de 1995

ARTICULO INEDITO